La primera vez que Samuel sanó a alguien creyó que había sido una casualidad.
Pilar llevaba casi dos años acudiendo a su consulta de fisioterapia. Tenía sesenta y siete años, una lesión complicada en la mano derecha y una resistencia todavía mayor a hacer los ejercicios que él le mandaba.
—A ver —dijo Samuel mientras le examinaba los dedos—. Confiesa.
—¿El qué?
—¿Cuántas veces has hecho los ejercicios esta semana?
—Todos los días.
Samuel levantó la mirada. Pilar mantuvo la expresión durante tres segundos.
—Bueno. Casi todos.
Samuel siguió mirándola.
—Dos días.
—Vamos mejorando.
—Uno.
—Pilar…
Ella empezó a reírse.
Samuel era un hombre grandote, de hombros y pecho anchos y manos grandes que, sin embargo, manejaba con una delicadeza que sorprendía a muchos pacientes la primera vez que los atendía. Aunque ya no era precisamente un jovenzuelo, conservaba un aspecto juvenil, con barba de varios días y una sonrisa que aparecía con facilidad, como si siempre estuviera a punto de encontrar algo divertido.
—Tu nieta se casa dentro de cuatro meses —dijo—. Dijiste que querías poder abrocharte tú sola el vestido.
—La madre de la novia no tiene que abrocharse nada.
—Pues para poder señalar a la gente con autoridad.
—Eso ya puedo hacerlo.
—Entonces hemos terminado el tratamiento.

Pilar volvió a reírse.
Al finalizar la sesión, Samuel sostuvo su mano entre las suyas y comenzó una última movilización.
Entonces sintió algo.
Fue una sensación brevísima. Una corriente tenue que pareció nacer en mitad de su pecho, bajar por sus brazos y desaparecer a través de las manos.
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó Pilar.
—Nada.
—Has puesto cara rara.
—Con esta cara trabajo todos los días y nadie se había quejado hasta ahora.
Pilar le dio un golpecito con la otra mano. Samuel sonrió, pero durante el resto de la tarde no dejó de pensar en aquella sensación.
Dos días después, Pilar entró en la consulta sin quitarse siquiera el abrigo.
—Mira.
Cerró la mano. Completamente. Samuel dejó de sonreír.
—Otra vez…
Pilar abrió y cerró los dedos.
—Estoy así desde ayer.
Samuel cogió su mano y la examinó.
—¿Te duele?
—Nada.
—¿Rigidez?
—Nada.
—¿Has hecho los ejercicios?
Pilar se quedó pensativa un instante.
—No.
—Sabía que había trampa.
Pero aquella vez la broma le salió más despacio.
Los médicos de Pilar hablaron de una recuperación tardía e inesperada. Samuel aceptó la explicación. Con la siguiente persona que sanó, le costó más aceptar una explicación. Con la tercera, directamente dejó de intentarlo.
No ocurría con todo el mundo. Podía pasar semanas trabajando con alguien sin sentir nada y, de pronto, al tocar a otra persona aparecía aquella especie de corriente.
Pronto aprendió a reconocer el instante anterior a que ocurriera. No veía órganos ni enfermedades. No escuchaba voces. Tampoco sabía qué estaba mal exactamente.
Era más sencillo y más extraño.
Durante unos segundos percibía a la persona tal como era originalmente, sana, y, al mismo tiempo, con la enfermedad. Como si debajo de un cuerpo dolorido existiera el recuerdo de ese mismo cuerpo sin dolor.
La primera vez que intentó provocarlo conscientemente fue con Marcos, un paciente que llevaba más de un año arrastrando una lesión en la pierna.
Samuel colocó las manos sobre su rodilla. Esperó. Nada.
—¿Qué haces? —preguntó Marcos.
—Estoy fingiendo que sé lo que hago.
—Ah. Como siempre.
—Exactamente.
Samuel cerró los ojos. Entonces apareció. Aquella otra versión. La pierna moviéndose con normalidad.
La sensación volvió a atravesarlo.
Cuando terminó, Samuel tuvo que sentarse.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Estás blanco.
—Soy de ciudad.
Marcos se rio.
Tres días después caminaba con una soltura que no había tenido en meses.
Samuel también empezó a comprender que aquello tenía un precio. Después de cada episodio quedaba exhausto. Al principio necesitaba dormir unas horas. Más adelante, un día entero. Pero las mejorías eran tan extraordinarias que resultaba difícil detenerse.
Una mujer que llevaba quince años conviviendo con un dolor casi constante tuvo su primera semana sin él.
Un hombre recuperó parte de la movilidad de un brazo después de que los especialistas consideraran improbable cualquier progreso importante.
Una paciente con una enfermedad inflamatoria entró en una remisión inesperada.
Samuel nunca hablaba de curaciones. Los demás sí. Algunos intentaban abrazarlo. Samuel solía abrir los brazos.
—Bueno, pero que conste que los abrazos no entran en la tarifa.
Cuando alguien lloraba, sin embargo, dejaba de bromear. Y escuchaba.
Esa era quizá la razón por la que muchos pacientes terminaban contándole cosas que nada tenían que ver con músculos o articulaciones.
Una mujer acudía por dolores cervicales y acababa hablándole de su hijo, que llevaba meses sin llamarla.
Un jubilado con una lesión de hombro le confesó un día que desde que había muerto su esposa seguía poniendo dos tazas en el desayuno.
Samuel nunca parecía tener prisa en esos momentos. Quizá la consulta se retrasaba cinco minutos. Quizá diez. Después se disculpaba con el siguiente paciente.
—Hoy voy tarde.
—Como siempre.
—Eso no es cierto. A veces voy mucho más tarde.
La doctora Rebeca Téllez apareció en su consulta ocho meses después de la primera recuperación de Pilar. Samuel leyó su tarjeta.
—Hospital universitario.
—Sí.
—Investigadora.
—También.
—Esto empieza mal.

Rebeca lo miró sin sonreír.
—¿Por qué?
—Normalmente cuando alguien empieza una conversación enseñándome credenciales acaba intentando venderme algo.
Ella guardó la tarjeta.
—Nos ha llegado por parte de muchas personas lo que se supone que puedes hacer. Quiero estudiarte.
Samuel arqueó una ceja.
—Eso ha sonado peor.
Rebeca intentó mantener la seriedad y no pudo. A Samuel aquello le gustó inmediatamente.
Ella no llegó asegurando que poseía un don ni diciendo que todo era imposible. Solo quería averiguar si realmente estaba ocurriendo algo.
Durante meses hicieron pruebas.
Samuel tocaba a pacientes mientras registraban actividad cerebral, constantes fisiológicas y cualquier variable que Rebeca conseguía convencer a alguien de medir.
Los resultados fueron desconcertantes. No encontraron radiaciones, alteraciones eléctricas ni ninguna transferencia energética que pudieran detectar. Sin embargo, algunos pacientes cambiaban. Objetivamente.
—Mis colegas no saben qué estás haciendo. Yo tampoco —dijo Rebeca una tarde.
—Perfecto. Ya somos dos.
—Aunque hay algo curioso.
Samuel estaba comiéndose un bocadillo que había llevado para ella porque había descubierto que Rebeca era perfectamente capaz de pasar nueve horas trabajando y considerar el café una comida.
—Dispara.
—En algunos pacientes, durante el contacto, aparecen patrones que se parecen más a los de su estado sano que a los de su estado actual.
Samuel dejó de masticar.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
—Por fin un lenguaje científico que comprendo.
Rebeca señaló los resultados.
—Es casi como si recibieran, dicho con palabras llanas, la «información» que tienen sus cuerpos cuando están sanos.
—¿De dónde?
—Eso es lo que no sabemos.
Samuel permaneció callado unos segundos.
—A veces tengo la sensación de que el cuerpo recuerda.
Rebeca levantó la vista.
—¿Recuerda qué?
—Cómo estar bien.
Ella no se rio.
Por entonces ya existían investigadores que hablaban de campos biológicos o morfogénicos, memoria no localizada y mecanismos de comunicación entre organismos que nadie sabía explicar, aunque algunas de aquellas teorías se contradecían entre sí.
A Samuel le interesaban relativamente. Había descubierto algo mucho más sencillo. Cuando alguien dejaba de sufrir delante de él, se sentía feliz. Durante un tiempo aquello le pareció razón suficiente para continuar.
Rebeca fue la primera en darse cuenta de que algo iba mal.
—Tienes peor cara.
Samuel se llevó una mano al pecho.
—Rebeca, llevamos meses trabajando juntos. Pensaba que ya habíamos superado la fase de tirarnos pullas.
—Estoy hablando en serio.
—Ese es uno de tus defectos.
Ella pidió análisis. Samuel accedió porque sabía que, si no lo hacía, Rebeca acabaría persiguiéndolo por el hospital con una jeringuilla.
Los primeros resultados fueron extraños. Los siguientes, preocupantes.
En pocos meses había perdido peso. Su recuperación física era más lenta. Algunos marcadores biológicos mostraban cambios que normalmente requerían años. Las canas aparecieron primero en las sienes.
Una mañana se quedó dormido esperando en un semáforo y el conductor de detrás tuvo que tocar el claxon para despertarlo.
Rebeca repitió todas las pruebas. Después otra, y otra.
Samuel estaba sentado delante de ella cuando dejó caer la carpeta sobre la mesa.
—Dímelo.
Rebeca tardó en responder.
—Parece que estás envejeciendo más deprisa de lo normal.
Samuel hizo una mueca.
—Bueno. Siempre he querido jubilarme pronto.
Ella no sonrió. Samuel tampoco.
—¿Cuánto?
—No puedo traducirlo en años.
—Inténtalo.
—No.
—Rebeca, por favor.
—No voy a darte una cifra inventada solo porque quieras escucharla.
Samuel se pasó una mano por la barba.
—Cada vez que curo a alguien.
—La correlación está ahí.
—Entonces sale de mí.
—No lo sabemos con certeza.
—Ellos mejoran. Yo empeoro… No hace falta ser un premio Nobel para ver la relación.
—Sí… pero eso no demuestra que proceda de ti. Al menos no de forma irrefutable.
Samuel miró sus manos. Por primera vez desde que había empezado todo sintió miedo.
Rebeca cerró la carpeta.
—Tienes que parar.
Él levantó la cabeza.
—¿Así de fácil?
—No he dicho que sea fácil.
—Hay personas que…
—¿No lo entiendes, Samuel?
—Si pudiera ayudar a alguien y no lo hiciera…
—¿Y si ayudarlo te cuesta cinco años de vida?
Samuel guardó silencio.
—¿Y si son diez? —continuó ella—. ¿Y si la siguiente persona te cuesta todo lo que te queda?
—No sabemos eso.
—Exactamente.
Rebeca lo miró.
—Siempre estás pendiente de todo el mundo. ¿Podrías hacer el favor de ser una vez una de esas personas de las que te preocupas?
Samuel sonrió débilmente.
—Qué frase tan horrible.
—Y aun así la has entendido.
Pero no dejó de sanar inmediatamente. Intentó reducirlo. Después intentó elegir. Aquello fue aún peor. Para entonces demasiada gente sabía lo que podía hacer.
Empezaron a llegar correos. Mensajes. Informes médicos. Fotografías…
Samuel los leía. Ese era su error.
Rebeca se lo dijo varias veces.
—Deja de abrirlos.
—¿Y si hay algo importante?
—Todos son importantes para alguien.
Samuel no supo qué responder.
Una noche recibió un vídeo de un niño intentando caminar después de una lesión medular. Lo vio tres veces. Empezó a escribir a la familia. Borró el mensaje. Lo volvió a escribir. Terminó cerrando el ordenador y permaneció mucho tiempo pensando.

Otro día una mujer lo esperó a la salida de la consulta.
—Mi marido tiene cuarenta y seis años.
Samuel siguió caminando.
—Lo siento mucho…
—Dos hijos.
Se detuvo. No quería hacerlo. Precisamente por eso se detuvo.
—No puedo.
—Solo tienes que verlo.
—No funciona así…
—Pero podría funcionar.
Samuel miró a la mujer. Estaba intentando no llorar. Él sabía que, si preguntaba el nombre del marido, si quería saber qué enfermedad tenía, cuánto tiempo le daban, cómo se llamaban sus hijos, todo sería más difícil. Así que no preguntó.
Aquella noche se odió un poco por eso. Durante semanas empezó a hacerse más distante. Contestaba menos. Evitaba conversaciones. Aprendió a no mirar algunas fotografías.
Una tarde Rebeca se lo dijo.
—Estás distinto.
—Estoy aprendiendo.
—¿A qué?
Él se quedó pensativo.
—A no querer a todo el mundo cinco minutos después de conocerlo.
Rebeca apoyó una mano sobre su brazo.
—Eso no se te está dando especialmente bien.
—Dame tiempo.
Finalmente decidió parar. Por completo. No más sanaciones. Al principio se sintió como un cobarde. Después empezó a recuperar cierta normalidad. Dormía mejor. Volvió a salir con sus amigos. Cocinó para ellos una noche y protestó porque nadie ayudaba a recoger mientras rechazaba cualquier intento de que alguien tocara los platos.
—Aparta —le dijo uno.
—Lo hago yo.
—Samuel.
—¿Qué?
—Siéntate.
—Estoy perfectamente.
Desde la mesa, una amiga levantó la copa.
—No sabe dejar que lo cuiden. Es patológico.
Samuel señaló hacia ella con un plato.
—No acepto diagnósticos sin cita previa.
Todos se rieron. Él también. Pero aquella frase se quedó en algún rincón.
Tres meses después acudió al hospital para una revisión. Mientras esperaba delante del despacho de Rebeca oyó gritar a una niña.
Samuel levantó la cabeza.
La puerta de una habitación se abrió. Una enfermera salió deprisa. Durante un instante vio a una niña de unos diez años encogida sobre la cama mientras una mujer intentaba sostenerla sin saber dónde tocarla. La puerta volvió a cerrarse.
Samuel permaneció inmóvil. Rebeca apareció al fondo del pasillo.
—Perdona. Ha sido una mañana complicada.
Samuel señaló discretamente la habitación.

—¿Qué le ocurre?
Rebeca lo miró.
—No.
—Solo he preguntado.
—Y yo te conozco.
—Rebeca…
Ella suspiró.
—Se llama Lucía. Tiene una neuropatía muy poco frecuente. El dolor puede ser extremo.
—¿Tratamiento?
—Estamos haciendo todo lo que podemos.
Samuel miró hacia la puerta.
—¿Se está muriendo?
—No.
Sintió cierto alivio. Duró poco.
—Puede vivir muchos años.
Samuel volvió la cabeza. «Muchos años…». Las palabras retumbaban en su cabeza. Rebeca comprendió inmediatamente lo que había pensado.
—No.
—No he dicho nada.
—Tu cara lo ha dicho.
—Mi cara no ha dicho nada.
—Que te conozco…
Él sonrió un poco.
—No voy a hacer nada.
Aquella tarde intentó convencerse. Dos días después volvió al hospital. No fue a buscar a Rebeca. Encontró la habitación de Lucía y llamó suavemente.
Una voz infantil respondió:
—¿Sí?
Samuel asomó la cabeza. Lucía estaba mirando una tableta.
—¡Hola!
La niña lo miró.
—¿Eres médico?
—¿Tengo pinta de médico?
—No… Mejor.
Samuel entró.
—Respuesta contundente.
—Los médicos siempre preguntan cuánto me duele.
—Yo pensaba preguntarte qué estás viendo.
Lucía miró la pantalla.
—Una serie.
—Eso ya lo había deducido. Tengo estudios.
Ella lo miró un instante y sonrió.
—Es malísima.
Samuel acercó una silla.
—Perfecto. Son mis favoritas.
Lucía se rio.

Hablaron durante veinte minutos. Samuel descubrió que quería tener un perro, que odiaba las matemáticas y que una compañera del colegio llamada Paloma tenía, según Lucía, «una cara bastante normal para ser tan insoportable».
—Quizá Paloma diga lo mismo de ti.
Lucía pareció escandalizada.
—Imposible.
—¡Buen argumento!
—¿Tú tienes perro?
—No.
—¿Por qué?
—Porque trabajo mucho.
—Qué mala excusa.
—Tú y yo acabamos de conocernos y ya me estás juzgando.
—Sí.
Samuel soltó una carcajada.
Cuando salió de la habitación se encontró a la madre de Lucía en el pasillo. La mujer sabía quién era. Se notó enseguida.
—Soy Samuel.
—Lo sé.
Hubo unos segundos de silencio.
—Rebeca me habló de ti hace tiempo.
Samuel bajó la mirada.
—No debería contar cosas.
—Le pregunté yo.
La mujer respiró profundamente.
—No lo hagas.
Samuel levantó la cabeza.
—No he dicho que vaya a hacer nada.
—Pero estás aquí.
La mujer miró hacia la habitación de su hija.
—Yo daría mi vida por ella.
Tuvo que detenerse antes de continuar.
—La mía. No la tuya. Ni la de nadie.
Samuel la miró fíjamente.
Durante meses la gente había actuado como si su capacidad convirtiera automáticamente su vida en un recurso disponible. Aquella mujer, que tenía tantas o más razones que nadie para pedirle que se sacrificara, acababa de hacer exactamente lo contrario.
—Gracias —dijo Samuel.
Ella lo miró con sorpresa.
Volvió a visitar a Lucía. No para curarla. Se lo repitió muchas veces a sí mismo. Simplemente iba a verla. A veces hablaban. Otras veían juntos aquella serie espantosa.
Samuel le llevó un día un pequeño perro de peluche.
—No es lo que pediste, pero come poco.
Lucía lo abrazó.
—¡Es feísimo!
—Se parece a ti.
Ella le lanzó una almohada.
Samuel descubrió que Lucía se reía con todo el cuerpo cuando el dolor se lo permitía. Y también descubrió lo que ocurría cuando no.
La crisis llegó una tarde sin aviso. Lucía dejó de hablar de repente. Se encogió… Samuel vio cómo apretaba con fuerza los dientes. La madre llamó a una enfermera corriendo.
Samuel permaneció junto a la cama sin saber qué hacer. Entonces Lucía le miró y extendió una mano.
Él se la cogió. Y el mundo desapareció… El dolor entró en Samuel. No fue una metáfora. Durante unos segundos sintió exactamente lo mismo que Lucía.
Era como un fuego abrasador debajo de la piel. Una presión insoportable dentro de los huesos. Un dolor tan absoluto que hacía perder la noción del tiempo.
Samuel soltó su mano y cayó bruscamente de rodillas. Poco después esa sensación desapareció. Permaneció junto a la cama intentando respirar.

Lucía lo miró.
—¿Te ha dolido?
Samuel levantó la cabeza. Ella acababa de soportar aquello durante minutos y estaba preocupada por él.
—Un poquito.
Lucía entrecerró los ojos.
—No me engañes.
Samuel, todavía pálido, sonrió.
—Vale… Bastante.
—A mí me pasa mucho.
Él tuvo que mirar hacia otro lado.
Aquella noche no durmió. Pensó en todo lo que había repetido durante meses. Su vida era suya. Tenía derecho a conservarla. No estaba obligado a morir porque pudiera ayudar a otros. Todo seguía siendo verdad. Eso era lo peor. Lucía no convertía ninguna de aquellas razones en falsas. Simplemente añadía otra verdad. Samuel sabía cómo se sentía aquella niña. Y sabía que quizá podía evitarlo.
A la mañana siguiente volvió al hospital. Rebeca lo vio caminar por el pasillo hacia la habitación de Lucía.
—Samuel, no…
Samuel siguió andando.
—¡Samuel!
Se detuvo.
—No intentes convencerme.
—No pensaba hacerlo.
Él la miró.
—¿No?
—No.
Rebeca se acercó.
—Solo quiero que estés seguro de que no estás haciendo esto porque crees que tu vida vale menos.
Samuel guardó silencio un instante.
—No vale menos —continuó ella—. Ni que la de Lucía, ni que la de nadie.
—Ya. Lo sé.
—¿De verdad?
Samuel asintió.
—Precisamente por eso ha sido tan difícil.
Rebeca lo miró durante unos segundos y lo abrazó. Samuel permaneció inmóvil.
—No hacía falta —murmuró.
Rebeca se separó.
—Eres incorregible.
Samuel sonrió.
Cuando entró en la habitación, la madre de Lucía comprendió inmediatamente.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé.
Aquella vez no hubo nada más que decir.
Lucía estaba despierta.
—¡Has venido!
—Eso parece.
—¿Vamos a ver la serie?
Samuel acercó la silla.
—Preferiría que me operasen sin anestesia, pero podemos negociar.
Lucía se rio.
Después lo observó.
—Estás raro.
—¿Raro?
—Más de lo normal.
Samuel respiró profundamente.
—Puede ser.
Lucía extendió la mano.
—Pues siéntate.
Samuel miró sus pequeñas manos. Las tomó. Cerró los ojos. La encontró enseguida. Debajo del dolor estaba aquella otra forma. Lucía sin la enfermedad. No era algo abstracto. Era más parecido a una certeza. Samuel dejó que la corriente comenzara.
Sintió cómo nacía en su pecho y descendía por los brazos. El cansancio llegó casi inmediatamente. Después el frío.
La respiración se aceleró. Conocía aquello. Había ocurrido muchas veces. Solo que nunca con esa intensidad. Continuó.
Sintió cómo algo se vaciaba dentro de él. Una parte de su mente le dijo que se detuviera.
Otra recordó el dolor. Siguió.
Hasta que Lucía apretó su mano.
—¡Samuel!
Él abrió los ojos.
—Dime cielo.
—¡No quiero que te pongas malo!
Aquella frase lo atravesó de una manera inesperada. Samuel la miró. Y por primera vez comprendió algo que no tenía nada que ver con Lucía. Llevaba toda la vida haciendo exactamente lo mismo. Cuando alguien necesitaba algo, buscaba dentro de sí.
Tiempo. Energía. Atención. Empatía. Cariño. Amor.
Siempre había algo que entregar.
Y cuando alguien intentaba hacer algo por él, su respuesta era casi automática.
No hace falta. Estoy bien. Puedo yo.
Incluso su don obedecía a la misma regla. Para sanar, Samuel daba. Y daba. Hasta vaciarse.
Cerró los ojos.
Durante un instante recordó a Rebeca llevándole comida. A sus amigos intentando recoger los platos. A la madre de Lucía negándose a pedirle su vida. A Lucía preguntando si él estaba bien mientras sufría un dolor insoportable.
Entonces, Samuel dejó de empujar esa energía que salía de él.
La corriente se interrumpió. Tuvo miedo. Pensó que estaba abandonando a Lucía.
Entonces hizo algo que nunca había intentado.
Nada.
No buscó energía dentro de sí. No intentó sanar. No trató de sostener a nadie. Simplemente permaneció allí, tomando de las manos a Lucía.
Y permitió.
Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada. Después sintió algo. No venía de la niña. Tampoco nacía en él. Estaba en todas partes.
No era electricidad. Ni calor. Ni luz.
Era algo más parecido a encontrarse de pronto dentro de una especie de energía que siempre había estado ahí y que él, empeñado en ayudar con la suya, nunca había percibido.
Su primer impulso fue resistirse. En lugar de hacerlo, se dejó atravesar. Aquello entró en él. O quizá él entró en aquello.
Descendió por sus brazos. Llegó hasta Lucía. Y siguió fluyendo.

Samuel sintió algo que lo hizo contener el aliento. La energía no solo atravesaba su cuerpo. También llenaba aquello que él llevaba mucho tiempo vaciando.
Por primera vez no estaba entregando vida. La vida pasaba a través de él.
Lucía dejó escapar un suspiro. Su mano se relajó. Samuel no supo cuánto tiempo estuvieron así…
Cuando abrió los ojos, se descubrió vencido sobre el borde de la cama, aún sin moverse de la silla. Rebeca se encontraba al lado de él.
—Samuel…
Parpadeó.
—¿Lucía?
Rebeca miró hacia la cama. La niña dormía.
—Parece que no tiene dolor.
Samuel cerró los ojos.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace casi una hora.
Comenzó a incorporarse.
—Despacio.
—Estoy bien.
Rebeca puso una mano sobre su pecho.
—Como vuelvas a decirme eso sin dejar que te examine, te sedo.
Samuel sonrió.
—Eso ha sonado poco científico.
—Cállate.
Los días siguientes hicieron pruebas. Lucía seguía sin dolor. Pasó una semana. Después otra. Algunas alteraciones neurológicas comenzaron lentamente a remitir. Los médicos evitaban hablar de curación. Samuel también. Pero Lucía volvió a casa. Tiempo después empezó a ir al colegio con normalidad.
Y una tarde envió a Samuel un vídeo. Estaba corriendo detrás de un perro. Uno de verdad.

Samuel vio el vídeo varias veces. Sonrió en todas.
Pero había algo más. Rebeca también estaba estudiándolo a él. Los indicadores que durante meses habían mostrado un deterioro acelerado empezaban a cambiar. No de golpe. No habían desaparecido todas las canas; tal vez algunas se quedarían. Pero su organismo parecía recuperar poco a poco una buena parte de lo que había perdido.
—Esto no debería estar ocurriendo —dijo Rebeca.
Samuel estaba tumbado en una camilla comiéndose un plátano.
—Llevas mucho tiempo diciéndome eso.
—Al final pensamos que transferías algo cuando curabas.
—Y yo también.
—¿Entonces qué ocurrió con Lucía?
Samuel permaneció unos segundos mirando el techo.
—Creo que entendíamos mal la pregunta.
—¿Qué pregunta?
—De dónde salía lo que yo daba… Creía que salía de mí.
—¿Y ahora?
Samuel sonrió ligeramente.
—Ahora pienso que siempre fui un canal, una especie de intermediario. El problema es que estaba convencido de que era la fuente.
—¿Y qué cambió con Lucía?
Samuel tardó unos segundos en responder.
—El vínculo.
Rebeca esperó.
—Con Lucía ocurrió algo que no había ocurrido antes: ella me importaba demasiado como para protegerme del desgarro… de esa pérdida de energía que estaba sintiendo… y ella, al mismo tiempo, estaba preocupándose por mí. Supongo que, por primera vez, dejé de estar solo en el lugar del que daba.
—¿Y eso permitió que entrara esa energía?
—No lo sé… Quizá el vínculo provocó que dejara transmitirla de esa manera… que dejara de empujar… Por primera vez… simplemente… permití.
—¿Y apareció la energía?
Samuel asintió.
—Sí. O… siempre había estado allí. La diferencia es que, por primera vez, dejé de intentar sacarla de mí.
—¿Y simplemente la dejaste pasar?
Samuel asintió.
—Eso creo.
Pasaron meses antes de que Samuel volviera a intentar sanar a alguien. Esta vez lo hizo de otra manera. No buscó dentro de sí. No empujó. No intentó entregar nada. Encontró aquella forma intacta en la persona que tenía delante y esperó. Durante unos segundos no sucedió nada. Después sintió la energía. La reconoció. Atravesó su cuerpo. Llegó hasta la otra persona. Y siguió su camino.
Cuando terminó, Samuel se quedó sentado.
Esperando. El cansancio no llegó. Cerró los ojos.
Durante años había dado sin esperar nada a cambio, sin comprender que recibir no era cobrar una deuda.
Faltaba la otra mitad.
Ahora comprendía que permitir que la vida le devolviera tanto o más de lo que había dado no contradecía su manera de estar en el mundo. La completaba.
Historia original de Javier Martín.

















Encendió una cerilla. La llama apareció pequeña, viva, casi tímida. Bianca la sostuvo cerca de la mecha, pero no la tocó todavía.

































