Me alegro mucho

Hernán llevaba más de cuarenta años sin visitar Salamanca.  Fue a ver a Luis y Carmen, un matrimonio amigo suyo.

La mañana del 1 de noviembre, mientras desayunaban, Carmen comentó que quería acercarse al cementerio para llevar unas flores a sus padres.

—Podemos dejarte en el centro y recogerte después —le propuso Luis—. Así aprovechas y das una vuelta.
—No hace falta. Os acompaño, si no os importa.
—¿Al cementerio? —preguntó Carmen.
—Sí.

Poco después llegaron al cementerio, bastante concurrido a esa hora. Familias enteras caminaban entre las sepulturas con flores, mientras otras personas limpiaban las lápidas o permanecían en silencio frente a ellas.

Luis y Carmen fueron a la tumba de sus familiares. Hernán prefirió pasear por su cuenta.

A sus setenta y seis años, había visitado suficientes cementerios como para no sentirse especialmente incómodo en ellos. Siempre pensaba en las historias que había detrás de aquellos nombres y fechas.

Caminaba tranquilamente por una avenida flanqueada por cipreses cuando vio a una mujer junto a una sepultura. Aparentaba unos treinta años y llevaba un llamativo abrigo gris claro.

Cuando ella se incorporó y volvió la cabeza, sintió que el corazón le daba un vuelco.

Se quedó inmóvil. Aquellos ojos. Aquel rostro. La manera de apartarse el cabello de la frente.

Era imposible.

Era Iris.

Durante unos instantes, sus recuerdos y sus sentidos fueron incapaces de ponerse de acuerdo.

La mujer que tenía delante era prácticamente idéntica a la muchacha de la que se había enamorado unos cincuenta años atrás.

Ella advirtió que la estaba mirando y le dedicó una sonrisa amable.

—Buenos días.

Hernán tardó en reaccionar.

—Buenos días. Disculpe que me haya quedado mirándola, pero… se parece usted extraordinariamente a alguien que conocí hace mucho tiempo.
—¿De verdad?
—Sí… Es asombroso.

La mujer sonrió, y aquella sonrisa terminó de desconcertarlo.

Era la misma que recordaba.

—¿Quizá conoció a la persona que está aquí? —preguntó ella, señalando la sepultura.

Hernán bajó la mirada. Y sobre la piedra leyó el nombre completo de Iris y su fecha de fallecimiento.

Sintió que algo se le encogía por dentro. Volvió a leer el nombre, como si esperara descubrir que se había equivocado.

Pero no. Era ella.

—Dios mío… —murmuró, abatido.

La mujer lo observó con preocupación.

—¿Se encuentra bien?
—Sí, sí. Es solo que… no sabía que había muerto.

Permaneció unos instantes en silencio.

—La conocí cuando éramos jóvenes. Fuimos novios durante algunos años.

La mujer pareció interesarse de inmediato.

—¿Aquí, en Salamanca?
—Sí. Yo venía desde Madrid casi todos los fines de semana.
—Entonces debió de ser una relación importante.

Hernán sonrió con tristeza.

—Mucho. Iris fue una persona muy especial para mí.

Volvió a observar a la desconocida.

—Y tú debes de ser hija suya. El parecido es extraordinario.
—¿Tanto nos parecemos?
—No te imaginas cuánto. Por un momento he tenido la impresión de estar viéndola otra vez.

La mujer sonrió.

—Ella habló alguna vez de un novio que venía a verla en tren desde Madrid. Recuerdo que contó una anécdota muy divertida sobre un día en que perdió el último tren de regreso.

Hernán soltó una carcajada.

—¡Eso fue culpa de Iris!
—¿De ella?
—Completamente. Me aseguró que teníamos tiempo de sobra para llegar a la estación. Cuando llegamos, el tren llevaba diez minutos fuera.
—¿Y qué hizo?
—Buscar dónde pasar la noche. Afortunadamente, tenía unos familiares que vivían cerca.
—Pues debió de llevarse un buen disgusto.
—En aquel momento sí. Aunque, cuando lo recuerdo, todavía me hace gracia.

Ambos sonrieron.

La sorpresa inicial había dado paso a una conversación que, de manera inesperada, comenzaba a resultarle agradable.

—¿Y qué fue de vosotros? —preguntó la mujer.

Hernán se quedó pensativo.

—Bueno, la vida nos llevó por caminos diferentes. Yo empecé a trabajar en Madrid y ella consiguió su primer destino como maestra. Durante un tiempo intentamos seguir viéndonos, pero cada vez resultaba más complicado.
—¿Y dejaron de quererse?

La pregunta lo sorprendió.

—No… Creo que todavía nos queríamos cuando decidimos separarnos. Pero los dos teníamos proyectos que nos ilusionaban y ninguno quería que el otro renunciara a ellos.

Hizo una pequeña pausa.

—Fue triste, naturalmente. Aunque con los años comprendí que seguramente habíamos tomado la decisión más razonable en ese momento de nuestras vidas.

La mujer asintió.

—¿Y después? ¿Qué fue de tu vida?
—Después conocí a mi mujer. Llevamos cuarenta y cuatro años juntos. Tenemos dos hijos y tres nietos.
—¡Vaya! Una familia numerosa.
—Y bastante ruidosa cuando nos juntamos todos —respondió, divertido—. Aunque no la cambiaría por nada.

Ella sonrió.

—Entonces has sido feliz.

Hernán la miró.

—Sí… He tenido mis dificultades, como todo el mundo, pero he sido feliz.

La mujer bajó ligeramente la mirada.

—Me alegro mucho.

Hubo algo en su manera de pronunciar aquellas palabras que lo conmovió.

Quizá fuera el parecido. O tal vez aquella sensación extraña de estar conversando con alguien a quien acababa de conocer y que, sin embargo, le resultaba extraordinariamente familiar.

—¿Y qué tal le fue a Iris? —preguntó—. ¿Siguió trabajando como maestra?
—Sí, hasta que se jubiló. Le gustaban mucho los niños, aunque algunos la volvían loca.

Hernán sonrió.

—Siempre decía que quería enseñarles a pensar por sí mismos.
—Y lo intentaba. A veces incluso con demasiado entusiasmo.

Ambos rieron.

—¿Tuvo una buena vida? —preguntó él.

La mujer reflexionó unos instantes.

—Puedo decir que sí. Tuvo momentos difíciles, como cualquiera, pero también muchas alegrías. Formó una familia, hizo buenos amigos, viajó bastante… Y nunca perdió las ganas de aprender cosas nuevas.
—Me alegro de saberlo.

Hernán contempló la fotografía de la lápida. Iris aparecía ya mayor, con el cabello entrecano y una sonrisa tranquila.

Le resultaba extraño verla así.

En sus recuerdos seguía siendo aquella muchacha de veintitantos años que lo esperaba en la estación, que discutía con él sobre libros y que sonreía cuando bailaban.

—¿Sabes una cosa? Durante todos estos años nunca me había parado a pensar en cómo habría envejecido. Por supuesto, sabía que el tiempo había pasado también para ella, pero siempre la recordaba igual.

La mujer lo observó con atención.

—¿Pensabas en ella a menudo?
—Sí, la he recordado muchas veces durante estos años. A veces escuchaba una canción que me la recordaba, o veía alguna imagen de Salamanca… Y me preguntaba qué habría sido de su vida.
—A ella también le ocurría.

Hernán la miró, sorprendido.

—¿De verdad?
—Sí. Se acordaba muchas veces de ti. A veces recordaba alguna anécdota de aquellos años y otras simplemente se preguntaba cómo te habría ido la vida.

Hernán pareció emocionarse.

—Me sorprende un poco, la verdad. Pensaba que, después de tanto tiempo, apenas se acordaría de mí.
—Pues te equivocas. Le habría gustado saber dónde vivías, si te habías casado, si habías tenido hijos… Sobre todo, si eras feliz.
—Qué curioso… Yo también tuve ganas de saber de ella muchas veces.
—¿Y por qué nunca intentaste encontrarla?

Hernán reflexionó unos instantes.

—No sabría decirte. Supongo que, cuando llevas muchos años sin saber de alguien, te acostumbras a pensar que cada uno tiene su vida. Y tampoco sabes si a esa persona le gustaría que volvieras a aparecer.
—Sí, lo entiendo. A ella le ocurría lo mismo.
—Pues fíjate… —Hernán sonrió—. Los dos queríamos saber del otro y ninguno se atrevió a preguntar.

La mujer le devolvió la sonrisa.

—A veces hacemos las cosas demasiado complicadas.
—Ya lo creo.

Permanecieron unos momentos en silencio.

—¿Sabes? —añadió la mujer—. Ella siempre recordó aquella relación con mucho cariño. Decía que había sido una época muy bonita de su vida.

Hernán sonrió.

—Para mí también lo fue. Y me alegra saber que ella lo recordaba así.

La mujer lo escuchaba cada vez más emocionada.

—¿Nunca lamentaste que terminarais separándoos?

Hernán tardó unos segundos en responder.

—Alguna vez, cuando era joven, me pregunté cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos seguido juntos. Pero con los años dejé de hacerlo. Quiero muchísimo a mi mujer y estoy encantado con la familia que hemos formado.

La miró con una sonrisa.

—Eso no significa que haya dejado de guardar cariño a Iris. Supongo que una cosa no tiene por qué quitar la otra.
—No —respondió ella suavemente—. No tiene por qué.

A lo lejos comenzaron a sonar las campanas de una iglesia.

Hernán miró su reloj.

—¡Vaya! Me parece que mis amigos van a estar buscándome.
—¿Has venido acompañado?
—Sí. Un matrimonio amigo mío.
—Entonces no te entretengo más.
—No, por favor. Ha sido un verdadero placer hablar contigo. Nunca lo hubiera imaginado.
—Para mí también.

Hernán le tendió la mano, pero la mujer se acercó y le dio un abrazo. Fue un gesto inesperado, aunque extraordinariamente natural y agradable.

Por un instante, Hernán sintió una emoción tan intensa que tuvo que cerrar los ojos.

Cuando se separaron, ella lo miró con una sonrisa.

—Cuídate mucho, Hernán.
—Y tú también.

La vio alejarse lentamente por uno de los caminos del cementerio. Todavía le costaba creer aquel parecido.

Cuando desapareció detrás de unos cipreses, volvió la mirada hacia la sepultura.

Y entonces… algo lo inquietó mucho: no recordaba haberle dicho su nombre.

Intentó reconstruir mentalmente la conversación. Habían hablado de Iris, de los años transcurridos, de sus respectivas vidas…

Pero ¿le había dicho cómo se llamaba? Estaba casi seguro de que no.

Quizá lo había mencionado sin darse cuenta. Después de todo, aquella mañana estaba resultando bastante desconcertante.

Volvió a mirar la fotografía de la lápida.

—Me alegro de que fueras feliz, Iris —murmuró.

Después se dispuso a marcharse. No había dado más de unos pasos cuando escuchó una voz a su espalda.

—Perdone, ¿busca a alguien?

Se volvió. Una mujer de unos cuarenta años acababa de llegar con un pequeño ramo de flores.

—No, gracias —respondió—. Estaba visitando a una antigua amiga.

La mujer miró hacia la sepultura.

—¿Conocía a mi madre?

Hernán sonrió.

—Sí. De hecho, acabo de estar hablando con una hija suya. El parecido que tiene con ella es extraordinario.

La mujer frunció ligeramente el ceño.

—¿Con una hija suya?
—Sí. Una mujer joven, con un abrigo gris. Acaba de marcharse por ese camino.

La desconocida miró en la dirección que Hernán señalaba. Después volvió a mirarlo.

—Perdone, pero debe de haber alguna confusión.
—¿Por qué?
—Porque mi madre solo tuvo una hija.

Hernán permaneció inmóvil.

—¿Solo una?
—Sí. Yo.

Durante unos segundos no supo qué responder.

—Pero… estaba aquí, junto a esta sepultura. Me ha hablado de Iris, de su juventud, de su trabajo…

La mujer parecía tan desconcertada como él.

—No sé quién puede haber sido. ¿Dice que se parecía mucho a mi madre?
—Muchísimo. Tanto que, cuando la vi, pensé que era ella.

La mujer permaneció pensativa.

—¿Cómo se llama usted?
—Hernán.

Ella abrió ligeramente los ojos.

—¿Hernán? ¿El que venía desde Madrid?

Él sintió un escalofrío.

—Sí.
—Mi madre me habló alguna vez de usted.

Hernán la contempló sin decir nada. La mujer pareció recordar algo.

—Espere. Creo que tengo una fotografía suya de unos años después de que ustedes se conocieran.

Sacó el móvil y buscó durante unos instantes.

—Hace unos meses digitalizamos algunas fotos antiguas de cuando mi madre era joven. Creo que está por aquí…

Deslizó el dedo por la pantalla. Finalmente encontró lo que buscaba.

—Mire. Aquí tendría unos treinta años.

Hernán miró con atención la fotografía. Se quedó sin aliento.

Era ella.

La misma mujer con la que acababa de hablar. El mismo rostro, los mismos ojos, aquella sonrisa que había reconocido casi medio siglo después.

Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿De cuándo es esta fotografía? —preguntó, con la voz apenas audible.
—De principios de los ochenta, creo. ¿Por qué?

Hernán no respondió.

Volvió a mirar la imagen. Intentó encontrar alguna diferencia, algún detalle que le permitiera pensar que todo era una coincidencia extraordinaria.

Pero no lo encontró.

—¿Está usted bien? —preguntó la mujer, preocupada.

Él levantó la mirada.

—Es… la misma mujer con la que acabo de hablar.

La hija de Iris lo miró desconcertada.

—Pues no sé qué decirle. Mi madre no tenía ninguna hermana y yo soy su única hija.

Hernán sintió que las piernas empezaban a flaquearle.

—¿Le importa si me siento un momento?
—Por supuesto. ¿Se encuentra bien?
—Sí, gracias. Solo necesito descansar un poco.

Le agradeció que le hubiera mostrado la fotografía y se despidió de ella.

Después caminó hasta un banco cercano. Se sentó lentamente. Durante unos minutos permaneció inmóvil, contemplando el camino por el que aquella mujer había desaparecido.

Intentó reconstruir todo lo ocurrido.

La había visto junto a la sepultura. Habían conversado con naturalidad. Ella le había preguntado por su vida, por su familia, por lo que había sucedido después de su separación.

Recordó sus sonrisas. Su manera de escucharlo. El abrazo.

Y entonces volvió a escuchar aquellas palabras:

«Cuídate mucho, Hernán».

Se incorporó ligeramente. Ahora estaba seguro. Él nunca le había dicho su nombre. ¿Cómo podía saberlo?

Se pasó una mano por la cara. Tenía que existir alguna explicación.

Quizá aquella mujer fuera una familiar desconocida, alguien que había oído hablar de él y que, por algún motivo, había decidido hacerse pasar por la hija de Iris.

Pero ¿por qué? Y, sobre todo, ¿cómo explicar aquel parecido?

Había contemplado la fotografía apenas unos minutos antes. No cabía duda de que era la misma mujer con la que acababa de hablar.

Entonces recordó otro detalle. En ningún momento ella había afirmado ser hija de Iris. Había sido él quien lo había supuesto, y la mujer se había limitado a responder a sus preguntas.

Sintió otro escalofrío.

De pronto, la posibilidad de que hubiera sucedido algo que desafiaba cuanto creía saber acerca de la vida y la muerte le produjo un miedo difícil de describir.

Se quedó mirando sus manos. Le temblaban.

A su alrededor, el cementerio seguía lleno de visitantes. Dos mujeres pasaron conversando junto al banco. Más allá, un niño ayudaba a su padre a colocar unas flores.

Todo continuaba con absoluta normalidad. Y, sin embargo, él acababa de vivir algo que quizá jamás conseguiría comprender.

Cerró los ojos.

Recordó de nuevo la conversación. Las preguntas sobre su matrimonio, sus hijos, sus nietos.

La curiosidad con la que aquella mujer había escuchado todo cuanto le contaba.

Y, especialmente, la emoción de su sonrisa cuando él le había contado que había sido feliz.

«Me alegro mucho».

Ahora aquellas palabras tenían un significado completamente distinto.

Si realmente había sido Iris, ella había podido averiguar algo que llevaba décadas deseando saber.

Y él había podido contarle cuánto quería a su mujer, cuánto disfrutaba de sus hijos y sus nietos, y lo satisfecho que estaba con la vida que había construido.

Lo más sorprendente era recordar la alegría con que ella había recibido aquellas noticias.

No había percibido en su mirada ninguna tristeza por la vida que no compartieron, sino una felicidad sincera por la que él había vivido.

Y Hernán había sentido lo mismo al saber que Iris también había tenido una buena vida.

Pensó entonces en todos aquellos años durante los que se habían recordado sin intentar ponerse en contacto.

Ninguno había querido entrometerse en la vida del otro. Ambos habían supuesto que, después de tanto tiempo, quizá ya no tendría sentido volver a hablar.

Y ahora descubría que los dos habían deseado saber exactamente lo mismo.

Recordó algo que ella le había dicho durante la conversación:

«A veces hacemos las cosas demasiado complicadas».

Hernán bajó la cabeza.

Cuántas veces había pensado en escribirle o preguntarle a alguien por ella. Siempre encontraba alguna razón para no hacerlo. Y ahora sabía que Iris había tenido dudas muy parecidas.

Le entristeció pensar en todas aquellas conversaciones que nunca llegaron a tener. Pero también le emocionaba saber que aquel cariño había seguido existiendo, discretamente, mientras ambos continuaban con sus vidas.

No habían necesitado permanecer juntos para desearse lo mejor.

Ni siquiera habían necesitado saber el uno del otro para seguir recordándose con afecto. Aunque quizá nunca debieron dar por hecho que el silencio significaba desinterés.

Hernán sintió que las lágrimas comenzaban a resbalarle por las mejillas. No intentó contenerlas.

Seguía profundamente desconcertado. No sabía qué había sucedido realmente ni si algún día encontraría una explicación.

Pero había algo que ya no podía olvidar.

Durante casi cincuenta años, los dos habían querido saber si el otro había sido feliz. Y aquella mañana, de una manera tan extraordinaria como inexplicable, habían podido contárselo.

Hernán permaneció sentado largo rato, con la mirada perdida entre los cipreses.

Todavía le temblaban las manos.

Y aún podía sentir aquel abrazo.

La otra mitad

La primera vez que Samuel sanó a alguien creyó que había sido una casualidad.

Pilar llevaba casi dos años acudiendo a su consulta de fisioterapia. Tenía sesenta y siete años, una lesión complicada en la mano derecha y una resistencia todavía mayor a hacer los ejercicios que él le mandaba.

—A ver —dijo Samuel mientras le examinaba los dedos—. Confiesa.
—¿El qué?
—¿Cuántas veces has hecho los ejercicios esta semana?
—Todos los días.

Samuel levantó la mirada. Pilar mantuvo la expresión durante tres segundos.

—Bueno. Casi todos.

Samuel siguió mirándola.

—Dos días.
—Vamos mejorando.
—Uno.
—Pilar…

Ella empezó a reírse.

Samuel era un hombre grandote, de hombros y pecho anchos y manos grandes que, sin embargo, manejaba con una delicadeza que sorprendía a muchos pacientes la primera vez que los atendía. Aunque ya no era precisamente un jovenzuelo, conservaba un aspecto juvenil, con barba de varios días y una sonrisa que aparecía con facilidad, como si siempre estuviera a punto de encontrar algo divertido.

—Tu nieta se casa dentro de cuatro meses —dijo—. Dijiste que querías poder abrocharte tú sola el vestido.
—La madre de la novia no tiene que abrocharse nada.
—Pues para poder señalar a la gente con autoridad.
—Eso ya puedo hacerlo.
—Entonces hemos terminado el tratamiento.

Pilar volvió a reírse.

Al finalizar la sesión, Samuel sostuvo su mano entre las suyas y comenzó una última movilización.

Entonces sintió algo.

Fue una sensación brevísima. Una corriente tenue que pareció nacer en mitad de su pecho, bajar por sus brazos y desaparecer a través de las manos.

Samuel frunció el ceño.

—¿Qué pasa? —preguntó Pilar.
—Nada.
—Has puesto cara rara.
—Con esta cara trabajo todos los días y nadie se había quejado hasta ahora.

Pilar le dio un golpecito con la otra mano. Samuel sonrió, pero durante el resto de la tarde no dejó de pensar en aquella sensación.

Dos días después, Pilar entró en la consulta sin quitarse siquiera el abrigo.

—Mira.

Cerró la mano. Completamente. Samuel dejó de sonreír.

—Otra vez…

Pilar abrió y cerró los dedos.

—Estoy así desde ayer.

Samuel cogió su mano y la examinó.

—¿Te duele?
—Nada.
—¿Rigidez?
—Nada.
—¿Has hecho los ejercicios?

Pilar se quedó pensativa un instante.

—No.
—Sabía que había trampa.

Pero aquella vez la broma le salió más despacio.

Los médicos de Pilar hablaron de una recuperación tardía e inesperada. Samuel aceptó la explicación. Con la siguiente persona que sanó, le costó más aceptar una explicación. Con la tercera, directamente dejó de intentarlo.

No ocurría con todo el mundo. Podía pasar semanas trabajando con alguien sin sentir nada y, de pronto, al tocar a otra persona aparecía aquella especie de corriente.

Pronto aprendió a reconocer el instante anterior a que ocurriera. No veía órganos ni enfermedades. No escuchaba voces. Tampoco sabía qué estaba mal exactamente.

Era más sencillo y más extraño.

Durante unos segundos percibía a la persona tal como era originalmente, sana, y, al mismo tiempo, con la enfermedad. Como si debajo de un cuerpo dolorido existiera el recuerdo de ese mismo cuerpo sin dolor.

La primera vez que intentó provocarlo conscientemente fue con Marcos, un paciente que llevaba más de un año arrastrando una lesión en la pierna.

Samuel colocó las manos sobre su rodilla. Esperó. Nada.

—¿Qué haces? —preguntó Marcos.
—Estoy fingiendo que sé lo que hago.
—Ah. Como siempre.
—Exactamente.

Samuel cerró los ojos. Entonces apareció. Aquella otra versión. La pierna moviéndose con normalidad.

La sensación volvió a atravesarlo.

Cuando terminó, Samuel tuvo que sentarse.

—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Estás blanco.
—Soy de ciudad.

Marcos se rio.

Tres días después caminaba con una soltura que no había tenido en meses.

Samuel también empezó a comprender que aquello tenía un precio. Después de cada episodio quedaba exhausto. Al principio necesitaba dormir unas horas. Más adelante, un día entero. Pero las mejorías eran tan extraordinarias que resultaba difícil detenerse.

Una mujer que llevaba quince años conviviendo con un dolor casi constante tuvo su primera semana sin él.

Un hombre recuperó parte de la movilidad de un brazo después de que los especialistas consideraran improbable cualquier progreso importante.

Una paciente con una enfermedad inflamatoria entró en una remisión inesperada.

Samuel nunca hablaba de curaciones. Los demás sí. Algunos intentaban abrazarlo. Samuel solía abrir los brazos.

—Bueno, pero que conste que los abrazos no entran en la tarifa.

Cuando alguien lloraba, sin embargo, dejaba de bromear. Y escuchaba.

Esa era quizá la razón por la que muchos pacientes terminaban contándole cosas que nada tenían que ver con músculos o articulaciones.

Una mujer acudía por dolores cervicales y acababa hablándole de su hijo, que llevaba meses sin llamarla.

Un jubilado con una lesión de hombro le confesó un día que desde que había muerto su esposa seguía poniendo dos tazas en el desayuno.

Samuel nunca parecía tener prisa en esos momentos. Quizá la consulta se retrasaba cinco minutos. Quizá diez. Después se disculpaba con el siguiente paciente.

—Hoy voy tarde.
—Como siempre.
—Eso no es cierto. A veces voy mucho más tarde.

La doctora Rebeca Téllez apareció en su consulta ocho meses después de la primera recuperación de Pilar. Samuel leyó su tarjeta.

—Hospital universitario.
—Sí.
—Investigadora.
—También.
—Esto empieza mal.

Rebeca lo miró sin sonreír.

—¿Por qué?
—Normalmente cuando alguien empieza una conversación enseñándome credenciales acaba intentando venderme algo.

Ella guardó la tarjeta.

—Nos ha llegado por parte de muchas personas lo que se supone que puedes hacer. Quiero estudiarte.

Samuel arqueó una ceja.

—Eso ha sonado peor.

Rebeca intentó mantener la seriedad y no pudo. A Samuel aquello le gustó inmediatamente.

Ella no llegó asegurando que poseía un don ni diciendo que todo era imposible. Solo quería averiguar si realmente estaba ocurriendo algo.

Durante meses hicieron pruebas.

Samuel tocaba a pacientes mientras registraban actividad cerebral, constantes fisiológicas y cualquier variable que Rebeca conseguía convencer a alguien de medir.

Los resultados fueron desconcertantes. No encontraron radiaciones, alteraciones eléctricas ni ninguna transferencia energética que pudieran detectar. Sin embargo, algunos pacientes cambiaban. Objetivamente.

—Mis colegas no saben qué estás haciendo. Yo tampoco —dijo Rebeca una tarde.
—Perfecto. Ya somos dos.
—Aunque hay algo curioso.

Samuel estaba comiéndose un bocadillo que había llevado para ella porque había descubierto que Rebeca era perfectamente capaz de pasar nueve horas trabajando y considerar el café una comida.

—Dispara.
—En algunos pacientes, durante el contacto, aparecen patrones que se parecen más a los de su estado sano que a los de su estado actual.

Samuel dejó de masticar.

—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
—Por fin un lenguaje científico que comprendo.

Rebeca señaló los resultados.

—Es casi como si recibieran, dicho con palabras llanas, la «información» que tienen sus cuerpos cuando están sanos.
—¿De dónde?
—Eso es lo que no sabemos.

Samuel permaneció callado unos segundos.

—A veces tengo la sensación de que el cuerpo recuerda.

Rebeca levantó la vista.

—¿Recuerda qué?
—Cómo estar bien.

Ella no se rio.

Por entonces ya existían investigadores que hablaban de campos biológicos o morfogénicos, memoria no localizada y mecanismos de comunicación entre organismos que nadie sabía explicar, aunque algunas de aquellas teorías se contradecían entre sí.

A Samuel le interesaban relativamente. Había descubierto algo mucho más sencillo. Cuando alguien dejaba de sufrir delante de él, se sentía feliz. Durante un tiempo aquello le pareció razón suficiente para continuar.

Rebeca fue la primera en darse cuenta de que algo iba mal.

—Tienes peor cara.

Samuel se llevó una mano al pecho.

—Rebeca, llevamos meses trabajando juntos. Pensaba que ya habíamos superado la fase de tirarnos pullas.
—Estoy hablando en serio.
—Ese es uno de tus defectos.

Ella pidió análisis. Samuel accedió porque sabía que, si no lo hacía, Rebeca acabaría persiguiéndolo por el hospital con una jeringuilla.

Los primeros resultados fueron extraños. Los siguientes, preocupantes.

En pocos meses había perdido peso. Su recuperación física era más lenta. Algunos marcadores biológicos mostraban cambios que normalmente requerían años. Las canas aparecieron primero en las sienes.

Una mañana se quedó dormido esperando en un semáforo y el conductor de detrás tuvo que tocar el claxon para despertarlo.

Rebeca repitió todas las pruebas. Después otra, y otra.

Samuel estaba sentado delante de ella cuando dejó caer la carpeta sobre la mesa.

—Dímelo.

Rebeca tardó en responder.

—Parece que estás envejeciendo más deprisa de lo normal.

Samuel hizo una mueca.

—Bueno. Siempre he querido jubilarme pronto.

Ella no sonrió. Samuel tampoco.

—¿Cuánto?
—No puedo traducirlo en años.
—Inténtalo.
—No.
—Rebeca, por favor.
—No voy a darte una cifra inventada solo porque quieras escucharla.

Samuel se pasó una mano por la barba.

—Cada vez que curo a alguien.
—La correlación está ahí.
—Entonces sale de mí.
—No lo sabemos con certeza.
—Ellos mejoran. Yo empeoro… No hace falta ser un premio Nobel para ver la relación.
—Sí… pero eso no demuestra que proceda de ti. Al menos no de forma irrefutable.

Samuel miró sus manos. Por primera vez desde que había empezado todo sintió miedo.

Rebeca cerró la carpeta.

—Tienes que parar.

Él levantó la cabeza.

—¿Así de fácil?
—No he dicho que sea fácil.
—Hay personas que…
—¿No lo entiendes, Samuel?
—Si pudiera ayudar a alguien y no lo hiciera…
—¿Y si ayudarlo te cuesta cinco años de vida?

Samuel guardó silencio.

—¿Y si son diez? —continuó ella—. ¿Y si la siguiente persona te cuesta todo lo que te queda?
—No sabemos eso.
—Exactamente.

Rebeca lo miró.

—Siempre estás pendiente de todo el mundo. ¿Podrías hacer el favor de ser una vez una de esas personas de las que te preocupas?

Samuel sonrió débilmente.

—Qué frase tan horrible.
—Y aun así la has entendido.

Pero no dejó de sanar inmediatamente. Intentó reducirlo. Después intentó elegir. Aquello fue aún peor. Para entonces demasiada gente sabía lo que podía hacer.

Empezaron a llegar correos. Mensajes. Informes médicos. Fotografías…

Samuel los leía. Ese era su error.

Rebeca se lo dijo varias veces.

—Deja de abrirlos.
—¿Y si hay algo importante?
—Todos son importantes para alguien.

Samuel no supo qué responder.

Una noche recibió un vídeo de un niño intentando caminar después de una lesión medular. Lo vio tres veces. Empezó a escribir a la familia. Borró el mensaje. Lo volvió a escribir. Terminó cerrando el ordenador y permaneció mucho tiempo pensando.

Otro día una mujer lo esperó a la salida de la consulta.

—Mi marido tiene cuarenta y seis años.

Samuel siguió caminando.

—Lo siento mucho…
—Dos hijos.

Se detuvo. No quería hacerlo. Precisamente por eso se detuvo.

—No puedo.
—Solo tienes que verlo.
—No funciona así…
—Pero podría funcionar.

Samuel miró a la mujer. Estaba intentando no llorar. Él sabía que, si preguntaba el nombre del marido, si quería saber qué enfermedad tenía, cuánto tiempo le daban, cómo se llamaban sus hijos, todo sería más difícil. Así que no preguntó.

Aquella noche se odió un poco por eso. Durante semanas empezó a hacerse más distante. Contestaba menos. Evitaba conversaciones. Aprendió a no mirar algunas fotografías.

Una tarde Rebeca se lo dijo.

—Estás distinto.
—Estoy aprendiendo.
—¿A qué?

Él se quedó pensativo.

—A no querer a todo el mundo cinco minutos después de conocerlo.

Rebeca apoyó una mano sobre su brazo.

—Eso no se te está dando especialmente bien.
—Dame tiempo.

Finalmente decidió parar. Por completo. No más sanaciones. Al principio se sintió como un cobarde. Después empezó a recuperar cierta normalidad. Dormía mejor. Volvió a salir con sus amigos. Cocinó para ellos una noche y protestó porque nadie ayudaba a recoger mientras rechazaba cualquier intento de que alguien tocara los platos.

—Aparta —le dijo uno.
—Lo hago yo.
—Samuel.
—¿Qué?
—Siéntate.
—Estoy perfectamente.

Desde la mesa, una amiga levantó la copa.

—No sabe dejar que lo cuiden. Es patológico.

Samuel señaló hacia ella con un plato.

—No acepto diagnósticos sin cita previa.

Todos se rieron. Él también. Pero aquella frase se quedó en algún rincón.

Tres meses después acudió al hospital para una revisión. Mientras esperaba delante del despacho de Rebeca oyó gritar a una niña.

Samuel levantó la cabeza.

La puerta de una habitación se abrió. Una enfermera salió deprisa. Durante un instante vio a una niña de unos diez años encogida sobre la cama mientras una mujer intentaba sostenerla sin saber dónde tocarla. La puerta volvió a cerrarse.

Samuel permaneció inmóvil. Rebeca apareció al fondo del pasillo.

—Perdona. Ha sido una mañana complicada.

Samuel señaló discretamente la habitación.

—¿Qué le ocurre?

Rebeca lo miró.

—No.
—Solo he preguntado.
—Y yo te conozco.
—Rebeca…

Ella suspiró.

—Se llama Lucía. Tiene una neuropatía muy poco frecuente. El dolor puede ser extremo.
—¿Tratamiento?
—Estamos haciendo todo lo que podemos.

Samuel miró hacia la puerta.

—¿Se está muriendo?
—No.

Sintió cierto alivio. Duró poco.

—Puede vivir muchos años.

Samuel volvió la cabeza. «Muchos años…». Las palabras retumbaban en su cabeza. Rebeca comprendió inmediatamente lo que había pensado.

—No.
—No he dicho nada.
—Tu cara lo ha dicho.
—Mi cara no ha dicho nada.
—Que te conozco…

Él sonrió un poco.

—No voy a hacer nada.

Aquella tarde intentó convencerse. Dos días después volvió al hospital. No fue a buscar a Rebeca. Encontró la habitación de Lucía y llamó suavemente.

Una voz infantil respondió:

—¿Sí?

Samuel asomó la cabeza. Lucía estaba mirando una tableta.

—¡Hola!

La niña lo miró.

—¿Eres médico?
—¿Tengo pinta de médico?
—No… Mejor.

Samuel entró.

—Respuesta contundente.
—Los médicos siempre preguntan cuánto me duele.
—Yo pensaba preguntarte qué estás viendo.

Lucía miró la pantalla.

—Una serie.
—Eso ya lo había deducido. Tengo estudios.

Ella lo miró un instante y sonrió.

—Es malísima.

Samuel acercó una silla.

—Perfecto. Son mis favoritas.

Lucía se rio.

Hablaron durante veinte minutos. Samuel descubrió que quería tener un perro, que odiaba las matemáticas y que una compañera del colegio llamada Paloma tenía, según Lucía, «una cara bastante normal para ser tan insoportable».

—Quizá Paloma diga lo mismo de ti.

Lucía pareció escandalizada.

—Imposible.
—¡Buen argumento!
—¿Tú tienes perro?
—No.
—¿Por qué?
—Porque trabajo mucho.
—Qué mala excusa.
—Tú y yo acabamos de conocernos y ya me estás juzgando.
—Sí.

Samuel soltó una carcajada.

Cuando salió de la habitación se encontró a la madre de Lucía en el pasillo. La mujer sabía quién era. Se notó enseguida.

—Soy Samuel.
—Lo sé.

Hubo unos segundos de silencio.

—Rebeca me habló de ti hace tiempo.

Samuel bajó la mirada.

—No debería contar cosas.
—Le pregunté yo.

La mujer respiró profundamente.

—No lo hagas.

Samuel levantó la cabeza.

—No he dicho que vaya a hacer nada.
—Pero estás aquí.

La mujer miró hacia la habitación de su hija.

—Yo daría mi vida por ella.

Tuvo que detenerse antes de continuar.

—La mía. No la tuya. Ni la de nadie.

Samuel la miró fíjamente.

Durante meses la gente había actuado como si su capacidad convirtiera automáticamente su vida en un recurso disponible. Aquella mujer, que tenía tantas o más razones que nadie para pedirle que se sacrificara, acababa de hacer exactamente lo contrario.

—Gracias —dijo Samuel.

Ella lo miró con sorpresa.

Volvió a visitar a Lucía. No para curarla. Se lo repitió muchas veces a sí mismo. Simplemente iba a verla. A veces hablaban. Otras veían juntos aquella serie espantosa.

Samuel le llevó un día un pequeño perro de peluche.

—No es lo que pediste, pero come poco.

Lucía lo abrazó.

—¡Es feísimo!
—Se parece a ti.

Ella le lanzó una almohada.

Samuel descubrió que Lucía se reía con todo el cuerpo cuando el dolor se lo permitía. Y también descubrió lo que ocurría cuando no.

La crisis llegó una tarde sin aviso. Lucía dejó de hablar de repente. Se encogió… Samuel vio cómo apretaba con fuerza los dientes. La madre llamó a una enfermera corriendo.

Samuel permaneció junto a la cama sin saber qué hacer. Entonces Lucía le miró y extendió una mano.

Él se la cogió. Y el mundo desapareció… El dolor entró en Samuel. No fue una metáfora. Durante unos segundos sintió exactamente lo mismo que Lucía.

Era como un fuego abrasador debajo de la piel. Una presión insoportable dentro de los huesos. Un dolor tan absoluto que hacía perder la noción del tiempo.

Samuel soltó su mano y cayó bruscamente de rodillas. Poco después esa sensación desapareció. Permaneció junto a la cama intentando respirar.

Lucía lo miró.

—¿Te ha dolido?

Samuel levantó la cabeza. Ella acababa de soportar aquello durante minutos y estaba preocupada por él.

—Un poquito.

Lucía entrecerró los ojos.

—No me engañes.

Samuel, todavía pálido, sonrió.

—Vale… Bastante.
—A mí me pasa mucho.

Él tuvo que mirar hacia otro lado.

Aquella noche no durmió. Pensó en todo lo que había repetido durante meses. Su vida era suya. Tenía derecho a conservarla. No estaba obligado a morir porque pudiera ayudar a otros. Todo seguía siendo verdad. Eso era lo peor. Lucía no convertía ninguna de aquellas razones en falsas. Simplemente añadía otra verdad. Samuel sabía cómo se sentía aquella niña. Y sabía que quizá podía evitarlo.

A la mañana siguiente volvió al hospital. Rebeca lo vio caminar por el pasillo hacia la habitación de Lucía.

—Samuel, no…

Samuel siguió andando.

—¡Samuel!

Se detuvo.

—No intentes convencerme.
—No pensaba hacerlo.

Él la miró.

—¿No?
—No.

Rebeca se acercó.

—Solo quiero que estés seguro de que no estás haciendo esto porque crees que tu vida vale menos.

Samuel guardó silencio un instante.

—No vale menos —continuó ella—. Ni que la de Lucía, ni que la de nadie.
—Ya. Lo sé.
—¿De verdad?

Samuel asintió.

—Precisamente por eso ha sido tan difícil.

Rebeca lo miró durante unos segundos y lo abrazó. Samuel permaneció inmóvil.

—No hacía falta —murmuró.

Rebeca se separó.

—Eres incorregible.

Samuel sonrió.

Cuando entró en la habitación, la madre de Lucía comprendió inmediatamente.

—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé.

Aquella vez no hubo nada más que decir.

Lucía estaba despierta.

—¡Has venido!
—Eso parece.
—¿Vamos a ver la serie?

Samuel acercó la silla.

—Preferiría que me operasen sin anestesia, pero podemos negociar.

Lucía se rio.

Después lo observó.

—Estás raro.
—¿Raro?
—Más de lo normal.

Samuel respiró profundamente.

—Puede ser.

Lucía extendió la mano.

—Pues siéntate.

Samuel miró sus pequeñas manos. Las tomó. Cerró los ojos. La encontró enseguida. Debajo del dolor estaba aquella otra forma. Lucía sin la enfermedad. No era algo abstracto. Era más parecido a una certeza. Samuel dejó que la corriente comenzara.

Sintió cómo nacía en su pecho y descendía por los brazos. El cansancio llegó casi inmediatamente. Después el frío.

La respiración se aceleró. Conocía aquello. Había ocurrido muchas veces. Solo que nunca con esa intensidad. Continuó.

Sintió cómo algo se vaciaba dentro de él. Una parte de su mente le dijo que se detuviera.

Otra recordó el dolor. Siguió.

Hasta que Lucía apretó su mano.

—¡Samuel!

Él abrió los ojos.

—Dime cielo.
—¡No quiero que te pongas malo!

Aquella frase lo atravesó de una manera inesperada. Samuel la miró. Y por primera vez comprendió algo que no tenía nada que ver con Lucía. Llevaba toda la vida haciendo exactamente lo mismo. Cuando alguien necesitaba algo, buscaba dentro de sí.

Tiempo. Energía. Atención. Empatía. Cariño. Amor.

Siempre había algo que entregar.

Y cuando alguien intentaba hacer algo por él, su respuesta era casi automática.

No hace falta. Estoy bien. Puedo yo.

Incluso su don obedecía a la misma regla. Para sanar, Samuel daba. Y daba. Hasta vaciarse.

Cerró los ojos.

Durante un instante recordó a Rebeca llevándole comida. A sus amigos intentando recoger los platos. A la madre de Lucía negándose a pedirle su vida. A Lucía preguntando si él estaba bien mientras sufría un dolor insoportable.

Entonces, Samuel dejó de empujar esa energía que salía de él.

La corriente se interrumpió. Tuvo miedo. Pensó que estaba abandonando a Lucía.

Entonces hizo algo que nunca había intentado.

Nada.

No buscó energía dentro de sí. No intentó sanar. No trató de sostener a nadie. Simplemente permaneció allí, tomando de las manos a Lucía.

Y permitió.

Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada. Después sintió algo. No venía de la niña. Tampoco nacía en él. Estaba en todas partes.

No era electricidad. Ni calor. Ni luz.

Era algo más parecido a encontrarse de pronto dentro de una especie de energía que siempre había estado ahí y que él, empeñado en ayudar con la suya, nunca había percibido.

Su primer impulso fue resistirse. En lugar de hacerlo, se dejó atravesar. Aquello entró en él. O quizá él entró en aquello.

Descendió por sus brazos. Llegó hasta Lucía. Y siguió fluyendo.

Samuel sintió algo que lo hizo contener el aliento. La energía no solo atravesaba su cuerpo. También llenaba aquello que él llevaba mucho tiempo vaciando.

Por primera vez no estaba entregando vida. La vida pasaba a través de él.

Lucía dejó escapar un suspiro. Su mano se relajó. Samuel no supo cuánto tiempo estuvieron así…

Cuando abrió los ojos, se descubrió vencido sobre el borde de la cama, aún sin moverse de la silla. Rebeca se encontraba al lado de él.

—Samuel…

Parpadeó.

—¿Lucía?

Rebeca miró hacia la cama. La niña dormía.

—Parece que no tiene dolor.

Samuel cerró los ojos.

—¿Desde cuándo?
—Desde hace casi una hora.

Comenzó a incorporarse.

—Despacio.
—Estoy bien.

Rebeca puso una mano sobre su pecho.

—Como vuelvas a decirme eso sin dejar que te examine, te sedo.

Samuel sonrió.

—Eso ha sonado poco científico.
—Cállate.

Los días siguientes hicieron pruebas. Lucía seguía sin dolor. Pasó una semana. Después otra. Algunas alteraciones neurológicas comenzaron lentamente a remitir. Los médicos evitaban hablar de curación. Samuel también. Pero Lucía volvió a casa. Tiempo después empezó a ir al colegio con normalidad.

Y una tarde envió a Samuel un vídeo. Estaba corriendo detrás de un perro. Uno de verdad.

Samuel vio el vídeo varias veces. Sonrió en todas.

Pero había algo más. Rebeca también estaba estudiándolo a él. Los indicadores que durante meses habían mostrado un deterioro acelerado empezaban a cambiar. No de golpe. No habían desaparecido todas las canas; tal vez algunas se quedarían. Pero su organismo parecía recuperar poco a poco una buena parte de lo que había perdido.

—Esto no debería estar ocurriendo —dijo Rebeca.

Samuel estaba tumbado en una camilla comiéndose un plátano.

—Llevas mucho tiempo diciéndome eso.
—Al final pensamos que transferías algo cuando curabas.
—Y yo también.
—¿Entonces qué ocurrió con Lucía?

Samuel permaneció unos segundos mirando el techo.

—Creo que entendíamos mal la pregunta.
—¿Qué pregunta?
—De dónde salía lo que yo daba… Creía que salía de mí.
—¿Y ahora?

Samuel sonrió ligeramente.

—Ahora pienso que siempre fui un canal, una especie de intermediario. El problema es que estaba convencido de que era la fuente.

—¿Y qué cambió con Lucía?

Samuel tardó unos segundos en responder.

—El vínculo.

Rebeca esperó.

—Con Lucía ocurrió algo que no había ocurrido antes: ella me importaba demasiado como para protegerme del desgarro… de esa pérdida de energía que estaba sintiendo… y ella, al mismo tiempo, estaba preocupándose por mí. Supongo que, por primera vez, dejé de estar solo en el lugar del que daba.
—¿Y eso permitió que entrara esa energía?
—No lo sé… Quizá el vínculo provocó que dejara transmitirla de esa manera… que dejara de empujar… Por primera vez… simplemente… permití.
—¿Y apareció la energía?

Samuel asintió.

—Sí. O… siempre había estado allí. La diferencia es que, por primera vez, dejé de intentar sacarla de mí.
—¿Y simplemente la dejaste pasar?

Samuel asintió.

—Eso creo.

Pasaron meses antes de que Samuel volviera a intentar sanar a alguien. Esta vez lo hizo de otra manera. No buscó dentro de sí. No empujó. No intentó entregar nada. Encontró aquella forma intacta en la persona que tenía delante y esperó. Durante unos segundos no sucedió nada. Después sintió la energía. La reconoció. Atravesó su cuerpo. Llegó hasta la otra persona. Y siguió su camino.

Cuando terminó, Samuel se quedó sentado.

Esperando. El cansancio no llegó. Cerró los ojos.

Durante años había dado sin esperar nada a cambio, sin comprender que recibir no era cobrar una deuda.

Faltaba la otra mitad.

Ahora comprendía que permitir que la vida le devolviera tanto o más de lo que había dado no contradecía su manera de estar en el mundo. La completaba.

Historia original de Javier Martín.

Caribe Azul

María siempre había creído que algunas personas se reconocían antes de conocerse.

No solía decirlo porque sabía cómo sonaba. Si alguien le preguntaba directamente, hablaba de afinidades, de intuición, de esa extraña familiaridad que a veces aparecía con alguien a quien acabas de conocer. Pero, en el fondo, su idea era bastante más sencilla y menos «razonable»: creía que había personas que llegaban a nuestra vida pero que ya habían estado antes… No sabía exactamente por qué o cómo.

Había leído mucho sobre almas gemelas, vidas pasadas y otras teorías que unas veces le parecían fascinantes y otras demasiado fáciles. Con los años había aprendido a desconfiar de quienes parecían tener respuestas para todo. Pero la sensación seguía allí. Si algún día aparecía alguien verdaderamente importante, estaba segura de que lo sabría o tendría la certeza.

A Álvaro lo conoció vaciando la casa de su madre. No era exactamente la clase de lugar donde esperaba encontrarse con nadie.

Su madre se mudaba a una casa mucho más pequeña y había decidido que no quería llevarse casi nada. Aquello había convertido el piso familiar en una sucesión de cajas abiertas, bolsas para donar, objetos cuyo destino nadie sabía decidir y discusiones absurdas acerca de vajillas que llevaban quince años sin utilizarse.

Álvaro era amigo de su cuñada y apareció un sábado por la mañana con una furgoneta.

—Me han dicho que hay que bajar media casa.

María miró detrás de él.

—¿Solo has venido tú?
—Gracias por la confianza.
—No era eso.
—Sí era eso.

No le cayó especialmente bien.

Durante la primera hora apenas hablaron. Él hacía comentarios sobre el peso incomprensible de determinadas cajas y María le decía qué podía tocar y qué no. Cuando Álvaro intentó tirar una caja llena de revistas viejas, ella casi se la arrancó de las manos.

—Eso no.
—¿Las has leído en los últimos veinte años?
—No importa.
—Perfecto. Estamos conservando objetos por motivos religiosos.

María lo miró con expresión seria. Álvaro levantó las manos.

—Las revistas se quedan.

A mediodía estaban cansados. Todavía quedaba mucho por hacer, así que su hermano pidió comida y continuaron después.

En uno de los armarios apareció un reproductor de CD que María recordaba vagamente.

—No puede funcionar —dijo.
—Eso se arregla rápido.

Álvaro lo enchufó. Funcionaba.

María encontró algunos discos en un cajón y metió el primero que vio. Durante unos segundos se oyó el mecanismo girando y después comenzó una música lenta, casi flotante.

Álvaro dejó de cerrar una caja.

—Vaya.

María reconoció la canción enseguida.

—Caribbean Blue, de Enya.

Él permaneció quieto un momento.

—Hacía muchísimo que no la escuchaba.
—¿Te gusta?
—Sí… aunque no especialmente. Parece más un vals con pretensiones de parecer moderno.

María se volvió hacia él.

—Pues has puesto una cara bastante dramática.

Álvaro sonrió.

—Es que más que gustarme… me gusta dónde me lleva.
—¿Y dónde te lleva?
—A casa de mis padres. Por las tardes. Mi madre la ponía mucho cuando yo era bastante más joven.

María tardó unos segundos en contestar.

—La mía también.

Álvaro señaló las cajas.

—Bueno, teniendo en cuenta que estamos en casa de tu madre, quizá no sea una coincidencia extraordinaria.

Ella soltó una carcajada.

—Qué manera de estropear un momento.
—Intento ser útil.

Aquello fue todo.

Sin embargo, cuando volvió a casa aquella noche, María recordó la conversación. No porque tuviera importancia, se dijo. Simplemente porque le había resultado curioso.

Volvieron a coincidir el fin de semana siguiente. Después otro.

Al final adquirieron la costumbre de tomar algo al acabar. Álvaro resultó ser bastante menos «insoportable» de lo que le había parecido al principio. María descubrió además que su ironía desaparecía cuando hablaban de algo importante.

Discutían a veces.

Sobre libros. Sobre educación. Sobre si las personas cambiaban realmente o simplemente aprendían a contener mejor ciertas partes de sí mismas. También sobre las coincidencias.

—Tú necesitas explicarlo todo —le dijo María una tarde.
—No todo.
—Casi todo.
—No es verdad.
—El otro día te conté que había pensado en una amiga a la que llevaba años sin ver y me la encontré dos horas después.
—Y yo dije que era curioso.
—Dijiste que era estadísticamente o… matemáticamente posible.
—También.
—Eso es justo lo que digo.

Álvaro sonrió.

—¿Qué querías que dijera?
—No sé. Algo como «el universo te la puso delante».
—¿Y si fue ella la que se puso delante?

María negó con la cabeza.

—Eres un caso perdido.

Sin embargo, había momentos en los que Álvaro decía cosas que la desconcertaban.

Una tarde María estaba intentando explicarle una sensación que había tenido de niña durante algunos veranos. Se detuvo buscando una palabra.

—Era como…
—Como echar de menos algo que no había ocurrido.

María lo miró.

Álvaro tardó un instante en darse cuenta.

—¿Qué?
—Eso.
—¿Eso qué?
—Eso era exactamente lo que iba a decir.

Él se encogió de hombros.

—Pues tampoco era tan difícil.

María no contestó.

Empezaron a ocurrir pequeñas cosas parecidas. Nada extraordinario. Nada que pudiera contarse a otra persona sin que pareciera insignificante. Pensaban en la misma película. Uno mencionaba un lugar que el otro llevaba varios días pensando en visitar. Álvaro encontraba palabras para algunas sensaciones de María antes de que ella terminara de explicarlas.

Y, sobre todo, estaba aquella extraña facilidad. No tenía que proteger demasiado lo que decía cuando estaba con él.

Un día se descubrió observándolo mientras él hablaba con el camarero. Sintió algo conocido. Aquello la inquietó. No porque no le gustara. Precisamente por lo contrario. Durante años había imaginado que, si algún día sentía algo parecido, estaría segura. Y ahora que empezaba a sentirlo, no estaba segura de nada.

Pasaron algunos meses.

La madre de María tenía que someterse a una pequeña intervención. No era grave, pero María estaba nerviosa. Se lo había contado a Álvaro varias veces.

—Es el jueves —le recordó la noche anterior.
—Va a salir bien.
—Ya.
—Y tú vas a pasarte toda la noche imaginando posibilidades absurdas.
—Probablemente.
—Intenta dormir.

María sonrió.

—Sí, doctor.

A la mañana siguiente llevó a su madre al hospital. A las nueve miró el teléfono.

Nada.

A las diez y media volvió a mirarlo.

Nada.

La intervención comenzó cerca del mediodía. María permaneció en una sala esperando junto a su hermano. Cada vez que el teléfono vibraba, lo miraba. Ninguno de los mensajes era de Álvaro.

Todo salió bien.

A media tarde, cuando ya estaba tranquila y su madre dormía, Álvaro escribió.

¿Qué tal ha ido?

María observó la pantalla durante unos segundos.

Contestó:

Bien.

Álvaro escribió casi inmediatamente.

¿Solo bien?
Sí. Todo bien.

Él llamó.

María dudó antes de cogerlo.

—¿Qué pasa?
—Precisamente eso quiero saber yo.
—Estoy cansada.
—Ya lo noto. ¿Tu madre está bien?
—Sí.

Hubo un silencio.

—María, ¿ha pasado algo? O… ¿he hecho algo?
—No.
—No sabes mentir.

Ella cerró los ojos. No quería discutir. Mucho menos por aquello. Precisamente por eso terminó diciéndolo.

—Pensaba que te acordarías.

Álvaro guardó silencio.

—Me he acordado.
—Sí… a las cuatro y media de la tarde.
—He estado toda la mañana trabajando y…
—No pasa nada.
—Sí pasa.

María respiró hondo.

—No quería tener que decirte que necesitaba que me preguntaras cómo estaba.
—Podías habérmelo dicho.

En cuanto lo dijo, Álvaro supo que aquella frase no había sido muy afortunada.

María permaneció callada.

—No quería decir…
—Sí. Podía habértelo dicho.
—María…
—Tengo que volver con mi madre.

Colgó.

Durante varios días apenas hablaron. María estaba enfadada con él, pero estaba todavía más enfadada consigo misma. Había pensado que Álvaro era diferente.

No sabía explicar exactamente qué significaba aquello. Quizá esperaba que ciertas cosas no hubiera que pedirlas. Que alguien verdaderamente conectado contigo supiera cuándo necesitabas que estuviera.

Le parecía una tontería formulado así. Pero seguía sintiéndolo.

Una semana después volvió al piso de su madre. Quedaban algunas cosas pequeñas. Objetos que nadie quería pero que tampoco habían sido capaces de tirar. Abrió un cajón. Allí estaba el CD. Lo tomó entre las manos. Durante un momento pensó en Álvaro, aunque intentó no hacerlo. Conectó el viejo reproductor. La canción empezó a sonar.

María se sentó en el suelo.

Recordó la primera vez que la habían escuchado juntos. Aquella coincidencia tonta con sus madres. Recordó también otras cosas…

El día en que Álvaro apareció en su casa con comida porque ella llevaba toda la tarde trabajando.

La vez que condujo cuarenta minutos para ayudarla con una avería que podía haber solucionado al día siguiente.

Una conversación de casi tres horas porque ella estaba preocupada por algo que ahora ni siquiera recordaba.

Detalles que no había pedido. También recordó otras cosas.

Las veces que Álvaro no había entendido lo que quería decir.

Un comentario que la había molestado.

Dos mensajes que había contestado tarde.

La mañana del hospital.

Entonces se dio cuenta de algo que le resultó incómodo: durante años había imaginado cómo sería una conexión perfecta con alguien. Y aquella persona imaginada tenía una ventaja enorme sobre Álvaro.

Nunca se equivocaba. Sabía cuándo llamar. Comprendía los silencios. Recordaba cada fecha. Distinguía siempre cuándo María quería estar sola y cuándo esperaba que alguien insistiera. No necesitaba explicaciones. La conocía a la perfección.

María miró el reproductor. Quizá ese era el problema. La conocía sin haber tenido que conocerla. Y ninguna persona real podía competir contra eso.

Escribió a Álvaro dos días después.

¿Tienes un rato esta tarde?

Él contestó unos minutos más tarde.

Sí.

Quedaron en una terraza. Álvaro llegó primero. María se sentó frente a él.

—Pensé que seguirías enfadada.
—Lo estaba.
—¿Ya no?
—Un poco.

Álvaro sonrió.

—Eso parece más razonable.

María jugueteó con la cucharilla.

—El otro día dijiste que podía habértelo pedido.

Él bajó la mirada.

—Sí. Y sonó fatal.
—Un poco.
—Lo siento.

María asintió.

—Pero tenías razón.

Álvaro levantó la cabeza.

—Eso no me lo esperaba.
—No te acostumbres.

Él sonrió. María tardó unos segundos en continuar.

—Creo que llevo mucho tiempo esperando reconocer a alguien.
—¿Reconocer?
—Sí. No sé cómo explicarlo sin que te rías.
—Prometo reírme discretamente.

Ella lo miró.

—Siempre he pensado que hay personas que, cuando aparecen, de alguna manera ya las conoces y sabes que tienen que ver con tu propia alma.

Álvaro no dijo nada.

—Como si existiera algo anterior —continuó María—. No necesariamente un recuerdo. Una familiaridad.
—Almas gemelas.

María arqueó las cejas.

—Mira quién sabe cosas.
—Tengo internet.

Ella sonrió.

—Algo así, aunque mucho más profundo, más íntimo.
—¿Y?
—Pues que me he dado cuenta de que hay una trampa.

Álvaro esperó.

—Si creo que alguien me conoce de antes, que tenemos una conexión profunda porque formamos parte de un mismo «todo», puedo acabar esperando que me conozca antes de conocerme.

Él frunció ligeramente el ceño.

—Eso tiene sentido.
—Ya. Lo fastidioso es que lo tenga.

Permanecieron unos segundos en silencio.

—Entonces —dijo Álvaro—, ¿ya no crees en esas cosas?

María negó despacio.

—No he dicho eso.
—Pensaba que acababas de cargarte las almas gemelas.
—No. Estoy convencida de que todos la tenemos.
—Tal vez…
—De lo que me he dado cuenta es que no vienen con manual de instrucciones…

Álvaro se rio.

—Eso explicaría bastante.

María lo observó.

Volvió a sentir aquella extraña familiaridad. La misma de otras veces. Pero ahora había algo diferente. No necesitaba decidir qué significaba.

—¿Sabes qué creo que confundía? —dijo.
—¿Qué?
—«Reconocer» a alguien y conocerlo, creer que ya lo sabía todo de él.

Álvaro permaneció callado.

—Sí, creía que todo encajaría a la primera por ese mismo conocimiento.
—¿Y ahora?

María se encogió ligeramente de hombros.

—Ahora sé que a veces idealizamos demasiado las cosas en un mundo que no siempre es sencillo.

Terminaron de vaciar el piso unas semanas después.

Cuando ya no quedaba prácticamente nada, Álvaro encontró el viejo CD encima de una caja.

—Te lo has dejado.
—No. Llévatelo tú.
—Es de tu madre.
—Tengo la canción en el móvil.

Álvaro sostuvo el disco entre los dedos.

—No es lo mismo.

María lo miró.

—¿Bailas?

Álvaro miró alrededor del piso vacío.

—¿Aquí?
—Es un vals, ¿no?
—Un vals con pretensiones de parecer moderno.
—Pues venga.

Álvaro sonrió y le tendió la mano.

Bailaron torpemente entre las últimas cajas mientras la música llenaba el piso vacío.

Durante años María había imaginado que, cuando apareciera aquella persona, sentiría que ya la conocía, que tendría una certeza absoluta.

Miró a Álvaro.

La sensación seguía allí. Solo que ahora ya no le parecía una respuesta. Le parecía una pregunta.

Y por primera vez no tuvo ninguna prisa por contestarla.

Había pasado demasiado tiempo esperando reconocer a alguien.

Y nunca se había preguntado cuánto más hermoso podía ser llegar a conocerlo.

Historia original de Javier Martín

Vínculos

Durante muchos años, Daniel creyó que tenía el don de saber cuándo vería a alguien por última vez.

Se dio cuenta cuando tenía once años. Estaba sentado con su mejor amigo en el bordillo de la acera, frente al edificio donde vivían, comiendo patatas fritas y hablando de la serie de dibujos animados que les encantaba. Al cabo de un rato, la madre de su amigo apareció en el portal y le gritó que subiera.

—Mañana bajamos antes —dijo su amigo mientras se sacudía las manos— y así tenemos más tiempo para jugar.

Daniel estuvo a punto de contestar que sí, pero sintió algo extraño. No era tristeza ni miedo. Era una certeza serena y profunda, como si una parte de él supiera algo que su cabeza todavía ignoraba…

No habría mañana.

—Espera —dijo.

Su amigo se volvió.

Daniel no sabía qué quería decirle. Al final se encogió de hombros y sonrió.

—Nada. Hasta mañana.

Dos días después, el padre de su amigo fue trasladado a otra ciudad. La familia se marchó aquella misma semana. Durante unos meses intercambiaron cartas. Después dejaron de escribir. Nunca volvieron a verse.

La misma sensación regresó años más tarde, al despedirse de una profesora a la que tenía cariño. Después, con una chica del instituto. Mucho tiempo después, con un compañero de trabajo que se marchó a otra empresa. Daniel fue aprendiendo a reconocer aquella extraña sensación. Nunca sabía por qué una persona iba a desaparecer de su vida, solo sabía que ocurriría.

Y esto cambió su manera de despedirse.

Cuando sentía aquella certeza, procuraba no despedirse rápido. Se quedaba unos segundos más, o incluso minutos, escuchaba con mayor atención, decía lo que normalmente habría dejado para otro día. No convertía las despedidas en escenas solemnes. Pero Daniel era plenamente consciente de que, a veces, las palabras tenían una última oportunidad para ser dichas.

Con su padre, sin embargo, ocurrió algo que no encajaba con la idea que tenía de aquel don.

Años después, un día en el que habían pasado la tarde ordenando el trastero, su padre encontró una raqueta de tenis y aseguró que todavía podría ganarle.

—No puedes agacharte ni a atarte los cordones sin quejarte —dijo Daniel.
—Eso es porque los cordones están demasiado abajo.
—Claro.
—A mi edad uno empieza a comprender que el problema casi siempre lo tienen las cosas.

Daniel se echó a reír. Su padre dejó la raqueta apoyada contra la pared y siguieron revolviendo cajas. Cuando terminaron, cerró la puerta del trastero. Daniel sintió entonces aquella certeza con la misma claridad de siempre.

Se quedó mirándolo.

—¿Qué pasa? —preguntó su padre.
—Nada.
—Pues tienes cara de estar pensando algo.

Daniel lo miró con atención y le dio un abrazo.

—Estaba pensando que te estás haciendo viejo.
—Eso llevo haciéndolo desde antes de que tú nacieras. Solo que ahora te has dado cuenta.

Daniel continuó viéndolo prácticamente todas las semanas.

Durante un tiempo pensó que aquella sensación había fallado por primera vez. Luego dejó de darle importancia. Tal vez aquel día estaba cansado. Tal vez había confundido emociones. Nunca había sabido qué era realmente aquello, así que tampoco tenía sentido exigirle precisión.

A Clara la conoció tiempo después.

Coincidieron en una cafetería un sábado por la tarde. Daniel esperaba a alguien que no apareció. Clara, casualmente, también. El camarero hizo una broma sobre las personas que aún no habían aprendido a cancelar una cita y ambos se rieron. Y empezaron a hablar.

Al principio fue una conversación casual, de esas que uno mantiene porque tiene tiempo y ningún motivo para marcharse. Sin embargo, después de un rato ocurrió algo difícil de precisar. Dejaron de buscar temas. Ya no era necesario. Pasaban de una cosa a otra con una naturalidad extraña, como si retomaran una conversación interrumpida mucho tiempo atrás.

Clara le contó que de niña se despedía de las casas cuando su familia se mudaba.

—La última noche iba habitación por habitación —explicó—. Esperaba a que mis padres se durmieran y luego decía adiós en voz baja. Me daba lástima pensar que una parte de mi vida se quedaba allí.
—¿Y qué les decías?
—Nada especial. Gracias, supongo. O que no quería marcharme. Una vez me despedí de una pared porque tenía una mancha que parecía la cara de un perro.

Daniel sonrió.

—Eso es tan tierno como raro.
—Lo sé.
—Aunque tiene cierto sentido.

Clara arqueó las cejas.

—¿Despedirse de una pared?
—No. Pensar que algo puede haber formado parte de tu vida aunque no sea una persona.

Ella permaneció unos segundos mirándolo.

—Eso ha sonado menos absurdo de lo que debería.

Hablaron durante varias horas.

Al salir, ya estaba oscureciendo. Caminaron juntos hasta una esquina.

Clara se ajustó el abrigo.

—Ha sido una manera bastante agradable de que nos planten.
—He tenido citas peores con gente que sí apareció.

Ella se rio.

Entonces Daniel sintió la certeza. Fue tan intensa que durante un instante apenas escuchó el ruido de la calle. No volvería a verla…

—¿Estás bien? —preguntó Clara.

Daniel tardó un momento en contestar.

—Sí. Solo estaba pensando que me alegro mucho de haberte conocido.

Clara sonrió, esta vez sin bromear.

—A mí también me alegra.

Se despidieron. Y olvidaron intercambiar los números de teléfono.

Durante los años siguientes, Daniel recordó algunas veces aquella tarde. No con nostalgia. Al final, Clara era una desconocida con la que había pasado unas horas muy gratificantes. Sería exagerado convertir aquello en algo que nunca había sido. Pero algunas conversaciones permanecen en la memoria de una manera peculiar, como si uno no recordara exactamente las palabras sino la persona que fue mientras las decía.

Pasaron cuatro años. Daniel volvió a verla en una librería.

—Perdona —escuchó detrás de él—. ¿Daniel?

Reconoció la voz antes de volverse.

Clara llevaba el pelo más corto y tenía algunas líneas alrededor de los ojos que antes no estaban. Durante unos segundos, ambos se limitaron a mirarse.

—No puede ser —dijo Daniel.
—Vaya recibimiento.
—No, quiero decir… estaba convencido de que no volvería a verte.
—Eso resulta ligeramente ofensivo.

Daniel se rio.

Fueron a tomar un café. Clara le contó que había vivido unos años fuera y que su madre había fallecido hacía poco. Daniel habló de su trabajo, de su padre, de algunas cosas que habían ocurrido durante aquel tiempo. Resultaba extraño: recordaba perfectamente la facilidad con la que habían hablado cuatro años atrás y, sin embargo, ahora necesitaban volver a encontrarse.

No eran desconocidos, pero tampoco eran exactamente aquellas dos personas.

En un momento de la conversación, Clara dejó la taza sobre el plato.

—Me acordé muchas veces de ti.

Daniel levantó la vista.

—¿De mí?
—Bueno, no de ti exactamente. De algo que dijiste aquel día.
—Ya me extrañaba… —dijo Daniel sonriendo.

Clara también sonrió.

—Cuando falleció mi madre tuvimos que vaciar su casa. La última noche me quedé sola y fui despidiéndome de las habitaciones, como cuando era niña. Me acordé de aquello que dijiste: que algo puede formar parte de tu vida sin ser una persona. No sé por qué, pero me hizo sentir mejor.

Daniel permaneció en silencio.

Clara siguió hablando, pero él apenas la escuchó durante unos segundos.

Habían pasado cuatro años. Ambos habían vivido experiencias muy distintas, y no habían formado parte de la vida cotidiana del otro. Y, sin embargo, algo de aquella tarde había seguido existiendo. No el vínculo que los había unido entonces, pensó Daniel, sino algo que aquel vínculo había dejado en ella.

Una huella.

Aquella idea le recordó a su padre.

Volvió mentalmente al trastero, a la vieja raqueta y a aquella sensación que creyó equivocada. Su padre había seguido viviendo, pero algo sí había terminado entonces.

Daniel había acudido a él muchas veces cuando tenía un problema. Su padre era quien arreglaba las cosas, quien sabía qué hacer, quien daba consejos incluso cuando nadie se los pedía. Poco después de aquella tarde su padre comenzó a perder fuerzas y a depender más de él.

Daniel empezó a acompañarlo.

Con el tiempo, el hijo que buscaba refugio en su padre fue desapareciendo y, en cierto modo, se intercambiaron los papeles. Ahora era Daniel quien ayudaba a su padre.

Su padre seguía siendo su padre. Daniel seguía siendo Daniel. Pero aquello que existía entre ellos ya no era lo mismo. No había desaparecido una persona. Había terminado un vínculo y había nacido otro.

Clara debió advertir algo en su expresión.

—Te has ido muy lejos.

Daniel volvió a mirarla.

—Estaba pensando en una cosa que llevo años intentando entender.
—¿Y la has entendido?

Daniel tardó un poco en responder.

—Creo que sí.
—¿Me la puedes contar?

Él miró la mesa, las dos tazas, las manos de Clara alrededor de la suya.

—Siempre he prestado atención solo a las personas, y no tanto a lo que ocurre cuando se relacionan.

Clara lo observó con atención.

—Entiendo.
—Y no es la mejor manera.
—¿Entonces?

Daniel tardó un momento en responder.

—Pues… que quizá hay tres cosas: tú, yo… y el vínculo que existe entre nosotros. Es decir, primero están las personas y, después, cuando se relacionan, aparece un vínculo cuya naturaleza dependerá de lo que hagan.

Clara guardó silencio.

—Eso suena peligrosamente parecido a una conversación nocturna —dijo al fin.

Daniel se rio.

—Puede ser.
—Pero entiendo lo que quieres decir.

Siguieron hablando un buen rato más.

Daniel pensó en todas las personas que habían pasado por su vida. Algunas habían permanecido durante años. Otras, apenas unos meses. Con algunas había dejado de hablar y apenas las recordaba. De otras conservaba gestos y expresiones que había terminado haciendo suyas sin darse cuenta.

Quizá había cometido siempre el mismo error. Había confundido a las personas con aquello que las unía.

Una persona podía permanecer y el vínculo desaparecer o cambiar. También podía marcharse y dejar la huella de aquel vínculo viviendo durante años.

Y dos personas podían encontrarse de nuevo, no para recuperar lo que habían tenido, sino para crear un nuevo vínculo.

Cuando salieron de la cafetería ya había anochecido. Caminaron juntos unas calles. Al llegar a una esquina, Clara señaló hacia la izquierda.

—Yo voy por aquí.

Daniel asintió.

Durante un instante recordó aquella otra esquina, cuatro años antes. La misma despedida y dos personas que ya no existían exactamente de la misma manera.

Esperó a sentir de nuevo aquella certeza. Pero no apareció.

En cambio, sintió algo distinto.

Era tenue, casi imposible de separar de una emoción cualquiera. Una presencia. Algo que no procedía completamente de él y que tampoco parecía pertenecerle a Clara.

Algo entre ambos.

Clara dio dos pasos y se volvió.

—Oye. Esta vez deberíamos intercambiar los teléfonos. Me parece poco sensato dejar otros cinco años en manos de la casualidad.
—Cuatro.
—¿Qué?
—Has dicho “cinco”.

Clara cerró los ojos.

—Magnífico. Cuatro años sin verte y tardas tres horas en corregirme.
—Algunos vínculos necesitan tiempo para revelar su verdadera naturaleza.

Ella soltó una carcajada.

Intercambiaron los teléfonos y se despidieron con un abrazo.

Daniel la vio alejarse entre la gente.

Durante toda su vida había creído que poseía una extraña sensibilidad para las personas que desaparecían. Ahora comprendía que las personas nunca habían sido aquello que percibía.

Eran los vínculos.

Eso invisible que nacía entre dos seres sin pertenecer enteramente a ninguno. Que podía crecer, debilitarse, transformarse o desaparecer. Que podía cambiar a las personas que unía y dejar una huella en ellas incluso después de haber terminado. Algo que no tenía cuerpo y, sin embargo, podía pesar más que muchas cosas que sí lo tenían.

Clara llegó al final de la calle y desapareció entre la gente.

Daniel siguió caminando. Pensó en todas aquellas veces en que su don le había hecho creer que algo se perdía y comprendió que quizá solo había aprendido a reconocer una parte de lo que era capaz de sentir. Hasta entonces había percibido cuándo un vínculo terminaba. Aquella noche, por primera vez, había sentido cómo nacía uno.

Sonrió.

Había comprendido que una vida no estaba hecha solamente de las personas que pasaban por ella, sino también de todo aquello que había llegado a existir entre unas y otras.

Historia original de Javier Martín.

Intacto

Habían pasado veintiséis años, pero Gabriel no necesitó buscar el nombre de Elena cuando recibió su mensaje.

*Necesito hablar contigo. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero es importante.*

Recordaba el laboratorio del instituto. Las mesas alargadas, el olor a alcohol y el murmullo de los compañeros esperando al profesor. Recordaba a Elena llevándose las manos al cuello y fingiendo que no podía respirar mientras lo señalaba. Las risas. La forma en que había contado delante de todos lo que él le había confiado el día anterior: los ataques de ansiedad, el miedo a perder el control, la sospecha de estar volviéndose loco.

Recordaba también los meses posteriores, aunque hacía mucho que había dejado de pensar en ellos.

Gabriel llegó antes y eligió una mesa apartada. Cuando Elena entró en la cafetería, lo reconoció enseguida, pero permaneció unos segundos junto a la puerta antes de acercarse.

—Gracias por venir.

Se sentó frente a él, dejó el bolso sobre sus rodillas y no se quitó el abrigo.

Durante unos instantes ninguno dijo nada. Fue ella quien rompió el silencio.

—¿Te acuerdas de lo que ocurrió en el laboratorio?

La pregunta confirmó sus sospechas. Gabriel había llegado dispuesto a reconocer que sí lo recordaba. No quería castigarla ni exagerar lo que había sufrido, pero tampoco fingir que aquello no había sucedido.

—Antes quiero saber qué esperas de este encuentro.

Elena asintió como si hubiera previsto la pregunta.

—Quiero pedirte perdón.
—Han pasado muchos años.
—Veintiséis.

Abrió el bolso y sacó un sobre grueso, desgastado en los bordes. Lo dejó sobre la mesa.

—Escribí la primera carta dos semanas después.

Gabriel apoyó dos dedos sobre el sobre, pero no lo cogió.

—¿Por qué no me la diste?
—Dejaste de ir a clase. Después supe que te habías marchado. Busqué a tu familia en las guías telefónicas y llamé a todos los que tenían vuestros apellidos.
—Nos mudamos por el trabajo de mi padre.

Elena cerró los ojos y respiró profundamente.

—Durante años pensé que os habíais ido por mi culpa.
—No fue así.
—No lo sabía.

Le contó que había seguido buscándolo en periódicos, asociaciones de antiguos alumnos y cualquier lugar donde pudiera aparecer su nombre.

—Una vez encontré una esquela —dijo—. Era de un chico que se llamaba como tú y tenía tu edad.
—No era yo.
—Ahora lo sé. Entonces no había fotografía. Durante tres días estuve convencida de que habías muerto.

Apretó las manos sobre el bolso.

—Acabé en urgencias. No podía respirar. Mientras me atendían comprendí lo que habías intentado explicarme aquel día. Y recordé cómo te había imitado delante de todos.

Gabriel vio que le temblaban los dedos.

—Te encontré hace once años —continuó ella—. En una entrevista sobre tu trabajo con pacientes que otros médicos consideraban irrecuperables.

—Los periodistas exageran.
—Pensé que te habías hecho psiquiatra por lo que te hice.
—Eso es atribuir demasiado a una sola tarde.
—Leí todo lo que encontré sobre ti. Artículos, entrevistas… Incluso fui a la conferencia.

Gabriel levantó la cabeza.

—¿Estuviste allí?
—En la última fila. Dijiste que una persona puede acabar creyendo la versión de sí misma que los demás repiten. Pensé que hablabas de ti.
—Hablaba de mis pacientes.
—Eso pensé después.

Elena cogió una servilleta y comenzó a doblarla entre los dedos.

—He ido a terapia. Me dijeron que debía perdonarme, pero ellos no podían saber si yo había destruido tu vida.
—Puedes verme. No la destruiste.
—No sé qué significa eso. No sé si has sido feliz, si puedes confiar en la gente o si…

Se detuvo.

—¿Qué?
—Si tienes hijos.

Gabriel negó con la cabeza.

La expresión de Elena cambió apenas un instante, pero él lo advirtió. Ya estaba buscando una relación entre aquella respuesta y lo ocurrido en el instituto.

—Que no los tenga no tiene nada que ver contigo —aclaró—. Créeme.
—Tal vez.
—Conozco los motivos por los que no tengo hijos.

Elena bajó la mirada.

—Yo tengo uno. Cumplió dieciséis años hace unos meses.

La edad que ellos tenían entonces.

—El día de su cumpleaños no podía dejar de mirarlo. Seguía pareciéndome más niño que adulto. Durante años me repetí que yo era joven, como si eso pudiera disculparme. Pero él tiene ahora la misma edad y no puedo imaginarlo haciendo algo así.
—Los dos éramos muy jóvenes.
—Tú me pediste ayuda, Gabriel. Me pediste que te escuchara. Y yo esperé menos de un día para utilizar lo que me habías contado y hacer reír a los demás.

Él no respondió.

Elena le habló de su marido, que solo conocía una versión imprecisa de lo sucedido. De la vergüenza que sentía cuando alguien le decía que era buena persona. Del miedo a que las personas que la querían dejaran de hacerlo si supieran exactamente de qué había sido capaz.

—Mi hijo tuvo problemas con unos compañeros —dijo—. Bromas, mensajes, cosas así. Perdí el control. Fui al instituto y exigí que expulsaran a tres chicos.
—Querías protegerlo.
—No estaba viendo a mi hijo. Estaba viéndote a ti.

Gabriel miró el sobre, las uñas mordidas y la servilleta deshecha entre sus dedos.

Había llegado dispuesto a contarle la verdad: que durante meses había tenido miedo de entrar en clase, que los ataques de ansiedad empeoraron y que pasó buena parte de aquel curso sin hablar con nadie.

Pero Elena no necesitaba que él le confirmara que lo que había hecho estuvo mal: lo sabía demasiado bien. Había convertido una crueldad inconsciente cometida a los dieciséis años en la prueba definitiva de quién era. Mientras él había continuado viviendo, ella seguía encerrada en aquel laboratorio.

Si le contaba cuánto había sufrido, probablemente no escucharía nada más. Ni que después tuvo amigos, ni que había amado, ni que aquel episodio hacía mucho que había dejado de gobernar su vida. Solo oiría la confirmación de la condena que llevaba media vida cumpliendo.

La culpa ya no le enseñaba nada desde hacía muchos años. Ahora solo la devoraba.

Gabriel miró el sobre lleno de cartas.

—No me acuerdo —dijo.

Elena quedó inmóvil.

—¿Qué?
—Recuerdo el instituto y algunas personas. Pero eso que me cuentas, no.
—No puede ser.
—Han pasado veintiséis años.
—Me contaste lo de tus ataques de ansiedad. Me pediste que no se lo dijera a nadie.
—Puede que ocurriera.
—Ocurrió.
—Entonces lo he olvidado.

Elena lo observó, buscando alguna fisura en su rostro.

—¿No recuerdas que todos se rieron?
—No.
—¿Ni que después dejaste de ir a clase?
—Mi padre ya había encontrado trabajo fuera. Nos íbamos a mudar.

Era cierto, aunque no era toda la verdad.

—Entonces no te marqué —dijo ella.

Gabriel negó lentamente.

Elena se cubrió la boca con una mano. Las lágrimas empezaron a caerle.

—He pasado media vida…
—No podías saberlo.
—¿Y no te hiciste psiquiatra por aquello?
—Claro que no.

Elena lloró durante unos segundos sin intentar ocultarse. Gabriel sintió alivio y vergüenza al mismo tiempo. La mentira estaba funcionando. Por primera vez desde que había entrado, ella había dejado de esperar un castigo.

—Todavía veo los armarios de los microscopios detrás de ti —dijo Elena sin apartar los ojos de él.

Gabriel respondió sin pensar.

—No estaban detrás de mí. Estaban junto a la otra mesa.

El silencio cayó entre los dos. Él comprendió su error antes de que ella levantara la cabeza.

—Entonces… te acuerdas.

Gabriel cerró los ojos un instante.

—Sí.

El alivio desapareció del rostro de Elena.

—Me has mentido.
—Sí.
—Me has dejado llorar por tu mentira.
—No pretendía que llorases.
—¿Entonces qué querías?
—Aliviarte.

Elena apartó el bolso de sus rodillas.

—No tenías derecho.
—Cierto.
—Has decidido que no podía soportar la verdad.
—He decidido algo que no me correspondía.

Ella lo miró con una rabia contenida que, por alguna razón, parecía más saludable que la culpa con la que había llegado.

—Eres psiquiatra, sabías perfectamente lo que estabas haciendo.
—Sabía por qué lo hacía. No significa que estuviera bien.
—¿Por qué, entonces?

Gabriel señaló el sobre.

—Porque durante este rato, con todo lo que me has explicado, es como si te hubiera visto sufrir durante veintiséis años. Las cartas, que estuvieras pendiente de mí… Con la forma en que has recorrido mi vida buscando consecuencias de lo que hiciste… Incluso cuando te he dicho que no tengo hijos has tardado un segundo en culparte también de eso.

Elena bajó los ojos.

—Yo recordaba lo ocurrido —continuó él—. Venía dispuesto a decirtelo. Pero te he escuchado y he pensado que no querías la verdad, sino que yo confirmara la sentencia que tú misma te habías impuesto.
—No puedes saberlo.
—No. Pero durante un momento creí que sí, y decidí por ti. Lo siento.
—Yo quería pedirte perdón.
—Y saber cuánto habías «destruido».

Elena no respondió.

—Quise quitarte la carga con una mentira —dijo Gabriel—. No tenía derecho.

Ella tardó unos segundos en mirarlo.

—Dime la verdad, por favor.

Gabriel asintió.

—Me hiciste mucho daño. Durante meses estuve muy afectado. Los ataques empeoraron y hubo días en los que no pude salir de casa.

Elena recibió cada frase sin moverse.

—Lo sabía.
—Sabías una parte, ahora escucha el resto: no arruinaste mi vida, mi familia se mudó por el trabajo de mi padre, en el nuevo instituto conocí a otras personas… Encontré ayuda. He sido feliz muchas veces. Aquella tarde fue importante, pero no fue el centro de mi existencia.

—Y te hiciste psiquiatra.

Gabriel guardó silencio.

—Influyó —admitió—. Quise entender lo que me ocurría. Primero para dejar de sentirlo, luego para comprender y ayudar a otras personas.

Elena cerró los ojos.

—Entonces tenía razón.
—No como crees. Tú no me hiciste psiquiatra.
—Pero aquello influyó.
—Sí, puede ser, pero no fue la única causa.

Gabriel juntó las manos sobre la mesa.

—Lo que ocurrió me enseñó lo fácil que es reducir a alguien a su miedo, a su enfermedad o a su peor momento. Años después encontré pacientes de los que otros hablaban como si ya estuvieran terminados: el esquizofrénico, la manipuladora, el caso imposible. Nunca he soportado esas palabras.
—Por mí.
—En parte. Pero no confundas las cosas: tú hiciste algo cruel, pero yo decidí qué hacer después con aquello. No puedes atribuirte ni toda la herida ni lo que conseguí construir con ella.

Elena permaneció callada.

—No sería sincero si te agradeciera lo que hiciste, pero tampoco lo sería si te condenara —añadió Gabriel—. Habría preferido que guardaras el secreto, claro. Pero conseguí transformar una parte del dolor en algo útil. Eso no vuelve bueno lo que ocurrió; significa que no permití que tuviera la última palabra.

—¿Entonces…?

Gabriel la miró durante unos segundos.

—Comprendí que odiarte no sirve para nada. Y hoy también veo que la chica que hizo aquello ya no está, igual que ya no existe el chico que se encerraba en el baño para que nadie lo viera temblar.
—Pero seguimos siendo nosotros.
—Sí. Pero ya no somos solo ellos.

Elena miró el sobre.

—He desperdiciado muchos años.
—Has sufrido muchos años. No necesitas sufrir otros veintiséis para demostrar que lo lamentas.

Ella pasó los dedos por los bordes gastados.

—No sé si puedo perdonarme.
—Eso no puedo decidirlo por ti.

Elena asintió y guardó las cartas en el bolso.

—¿Por qué no me dijiste desde el principio que me perdonabas?
—Porque te vi sufrir y quise borrar lo ocurrido para aliviarte. Olvidé que perdonar no significa fingir que nunca sucedió.

Ella se levantó.

—Siento lo que hice.

Gabriel no le quitó importancia.

—Lo sé.

Elena permaneció frente a él, esperando todavía aquello para lo que había acudido.

—Y te perdono —añadió.

Elena cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, no parecía aliviada del todo, pero ya no estaba esperando una condena.

Guardó el sobre en el bolso, se lo colgó del hombro y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió hacia él.

—Gracias por haberme dicho la verdad. Aunque haya tenido que descubrirla.

Gabriel asintió.

Elena salió de la cafetería y desapareció entre la gente.

Él permaneció sentado, mirando la silla vacía. Después, casi sin querer, volvió a pensar en el laboratorio.

Vio la mesa alargada, las ventanas y a Elena llevándose las manos al cuello mientras los demás se reían. Los armarios de los microscopios estaban junto a la otra mesa. Lo recordaba con absoluta claridad.

Pero, un instante después, la escena cambió.

Los armarios aparecieron detrás de él, exactamente como Elena había dicho.

Gabriel frunció el ceño e intentó reconstruir aquel momento. Esta vez vio las dos imágenes con la misma nitidez: dos versiones idénticas del laboratorio, salvo por la posición de los armarios. Dos recuerdos incompatibles y, sin embargo, igual de convincentes.

Elena llevaba veintiséis años encerrada en aquella tarde. Él la había dejado atrás, pero ahora comprendía que tampoco había salido de ella con el recuerdo intacto.

Historia original de Javier Martín

La única forma de quererte

La biblioteca se quedó sin luz a las siete y veinte de la tarde.

No fue un apagón limpio, de esos que caen de golpe y dejan una oscuridad perfecta. Primero parpadearon los fluorescentes, luego tembló la lámpara verde de la mesa central, después se apagaron los ordenadores como si suspirasen. Durante unos segundos todavía quedó una claridad gris en los ventanales, pero la lluvia la fue borrando lentamente.

Afuera, la procesión seguía avanzando. Aquello era lo extraño. Era miércoles, no festivo todavía, y por eso la biblioteca municipal seguía abierta aunque la ciudad ya pareciera haber entregado la tarde a la procesión.

Llovía con terquedad. El agua bajaba por la calle como si se hubiera abierto una compuerta en lo alto del pueblo. Los paraguas se doblaban, los cirios se apagaban y volvían a encenderse bajo manos obstinadas, y aun así la gente permanecía allí, quieta o caminando, formando una presencia compacta alrededor del Cristo con la cruz a cuestas, cubierto por un plástico transparente que la lluvia golpeaba sin piedad. No parecía devoción, o no solo devoción, parecía una forma de no rendirse.

Dioni estaba junto a la sección de poesía cuando se fue la luz. Había entrado para refugiarse de la tormenta, aunque eso no era del todo cierto: buscaba algo parecido a estar en un sitio tranquilo, pero acompañado.

Llevaba bastante tiempo con una tristeza sutil, un vacío interior que le iba drenando poco a poco su alegría natural. No era una desgracia, ni siquiera un drama, era la sensación de que la vida había pasado por delante de él con los bolsillos llenos de promesas que nunca llegaron a cumplirse.

Había querido una mujer buena. No perfecta, buena. Una mujer a la que amar sin traicionarse, con la que quizás formar una familia, tener hijos, discutir por tonterías y envejecer sin sentir que todo era una concesión. Pero los años habían seguido su camino, a veces amables, a veces crueles, siempre inexorables, y él seguía allí: entero por fuera, no tanto por dentro.

Entonces la vio.


Ariadna estaba sentada junto al ventanal, con un libro cerrado entre las manos. No leía, miraba la procesión como quien mira algo que no acaba de comprender.

Tenía el pelo algo revuelto por la humedad y una elegancia que no era evidente, de mujer que no necesita esforzarse para llamar la atención y, sin embargo, parece harta de haberla llamado de la manera equivocada. No era tristeza lo que había en su rostro, o no solo tristeza. Tal vez era defensa afinada con los años.

Cuando se fue la luz, alguien murmuró una queja. La bibliotecaria pidió calma, un niño se rio. En la calle, un tambor siguió marcando el paso bajo la lluvia.

Ariadna giró la cabeza y miró a Dioni, quizás porque él era el único que no había sacado el móvil.

—Pareces tranquilo —dijo ella.
—Tal vez sea porque todavía no he entendido la gravedad de la situación.
—La gente interesante suele decir cosas así antes de decepcionar.

Dioni hizo una breve mueca que apenas dibujaba una sonrisa.

—Entonces procuraré decepcionar con elegancia.

Ariadna lo miró por un segundo. No era una mirada ingenua, era una mirada que sabía encontrar fallos.

—Eso también lo dicen mucho los hombres que quieren parecer inofensivos.
—No soy inofensivo.
—Ah…
—Pero tampoco estoy de caza.

Ella bajó la vista al libro, como si hubiera encontrado una errata.

—Qué frase tan cuidadosamente construida.
—Me ha salido sin pensar.
—Peor todavía.

La bibliotecaria apareció con unas velas pequeñas y una linterna. Las fue dejando sobre las mesas. La llama de la vela más cercana a Ariadna tembló al nacer, luego se quedó firme, rodeada por un círculo pequeño aunque cálido de luz.

Dioni no se acercó del todo. Se quedó a una distancia que permitía hablar sin invadir. Ariadna pareció notarlo.

—¿Siempre calculas así las distancias?
—Solo cuando no conozco la casa.
—Esto es una biblioteca.
—Por eso mismo.

Ella soltó una risa breve. No fue abierta, pero tampoco falsa.

Fuera, la procesión se detuvo ante la fachada. El Cristo, cubierto por un plástico transparente que la lluvia golpeaba sin piedad, parecía avanzar y no avanzar al mismo tiempo. Los hombres que cargaban el paso tenían los hombros vencidos, pero nadie lo dejó en el suelo. La banda, empapada, tocó una marcha lenta que sonó como si viniera de otra época.

La biblioteca, sin luz, llena de desconocidos que fingían no mirar por los cristales, se volvió un lugar aún más tranquilo de lo habitual. Afuera, la lluvia se había hecho aún más protagonista, y se podía ver a una mujer que intentaba proteger con su cuerpo la llama de uno de los cirios, pero la lluvia se la apagaba una y otra vez. Volvía a encenderlo, y volvía a perderlo. Ariadna la observó divertida aunque con cierto cansancio.

—Hay gente que no sabe retirarse —dijo Ariadna.
—También hay gente que se retira demasiado pronto.
—Eso suena a experiencia.
—A edad.
—No pareces tan mayor.
—Lo bastante para saber que uno puede llegar tarde incluso antes de que sea tarde.

Ariadna dejó el libro sobre la mesa.

—Eso sí ha sido bueno.
—Me alegra haber superado una prueba.
—No te confíes. Solo era la primera.

Dioni se apoyó en el respaldo de una silla cercana.

—¿Siempre examinas a los desconocidos?
—Solo a los que se acercan sin decir para qué.
—Me he acercado porque se fue la luz.
—Eso es mentira.

Él no respondió enseguida. Ella ladeó la cabeza, satisfecha por haberlo atrapado.

—¿Ves? No era tan difícil.
—No —respondió Dioni—. Me he acercado porque parecía que mirabas la procesión como si estuvieras viendo algo que te molestaba reconocer.

Ariadna perdió un poco la sonrisa. Solo un poco.

—Qué peligro tienen los hombres sensibles.
—Menos que los hombres seguros de sí mismos.
—No estés tan seguro.
—No lo estoy.

Aquella respuesta la dejó sin un lugar claro desde el que atacar. Ariadna conocía bien a los hombres que confundían atención con hambre, y también a los que hablaban de respeto sin tenerlo. Dioni, en cambio, parecía tener deseo, tal vez, pero no prisa. Eso era más difícil de manejar.

—¿Estás casado? —preguntó ella.
—No.
—¿Separado?
—Tampoco.
—Qué raro.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Lo he recibido como he podido.

Ella sonrió otra vez. Esta vez, de forma más auténtica.

—¿Y tú? —preguntó él.

Ariadna miró la vela.

—Yo estuve muchos años con un hombre muy constante.
—¿Constante?
—Me fue infiel varias veces. Hay que reconocerle la perseverancia.

Dioni no respondió. Ella alzó los ojos, preparada para detectar compasión, sorpresa o ese falso interés con el que algunas personas intentan quedarse con el dolor ajeno en una conversación.

Pero él solo la miraba.

—No vas a decir “lo siento”? —preguntó ella.
—No sé si lo quieres oír.

Ariadna se quedó quieta.

La lluvia golpeó los cristales con más fuerza.

—No —dijo al fin—. No lo quiero oír.
—Entonces no.

No hubo consuelo. Y por eso fue un instante más auténtico.

Ariadna pasó un dedo por el borde del libro.

—Al final me dejó por otra mujer. Supongo que ella sí supo ganar.
—O quizás aceptó un «premio» que ya no podías perder.

Ella lo miró con ironía.

—Eso casi parece amable.
—No era casi.

Un trueno apagó durante un instante la marcha de la procesión. Algunas personas se acercaron más a los ventanales. Un anciano se santiguó. Un adolescente grababa con el móvil y reía hasta que su madre le tocó el brazo para que dejara de grabar.

Ariadna observó la escena.

—Míralos. Empapados. Aferrados a un símbolo que ni siquiera puede protegerles de la lluvia.
—Quizás no esperan que los proteja.
—¿Y entonces?
—Quizás solo lo acompañan.

Ella no contestó.

Dioni pensó que Ariadna era una mujer atractiva, pero esa palabra le pareció insuficiente y tal vez algo vulgar. Atractiva podía serlo cualquiera a ciertas horas y con cierta luz. Ella tenía otra cosa: una manera de estar rota sin derrumbarse, de levantar la barbilla como si el mundo aún tuviera que darle explicaciones.

Tuvo ganas de acercarse más, pero no lo hizo. Ariadna lo notó.

—Tienes una forma muy medida de no hacer nada.
—¿Sí? Tal vez sea una habilidad que estoy descubriendo ahora.
—¿Y qué estás intentando evitar?
—Ser uno más.

Ariadna tragó saliva. Fue un gesto mínimo, casi invisible. Pero él lo vio.

—Eso también lo traías preparado —dijo ella.
—Sí.
—Al menos ya no mientes.
—No he mentido antes.
—Todos mentimos al principio.
—Puede ser.
—Sobre todo cuando alguien nos gusta.

La soltó como si fuera inocente, pero cambió el ambiente.

Dioni sintió una punzada de calor en el pecho, una alegría breve, casi juvenil, y detrás de ella una tristeza antigua: la de todos los caminos que no habían llevado a ningún hogar.

—Entonces habrá que tener cuidado —dijo.

Ariadna apoyó la espalda en la silla.

—¿Cuidado? Qué palabra más triste.
—A veces es una palabra limpia.
—A veces es cobardía con buena educación.
—Puede ser.

Ella lo miró con más atención.

—¿Y en tu caso qué es?

Dioni bajó la vista. No sabía si llamarlo respeto sin mentirse un poco. También había miedo, deseo y una soledad antigua empujando por debajo. Pudo haber dicho muchas cosas: que estaba cansado de llegar tarde… que deseaba encontrar a alguien y temía conformarse por hambre… que le habría gustado sentarse frente a ella durante horas y descubrir si su dureza era una muralla o solo un abrigo… Pero dijo menos.

—En mi caso es una manera de no aprovecharme de las circunstancias.

Ariadna no respondió.

La procesión comenzó a moverse de nuevo muy despacio, como si cada paso costara un precio que nadie había pactado. La lluvia seguía cayendo, terca, intensa, casi bíblica, y, sin embargo la gente permanecía allí. Algunos miraban desde los portales, otros caminaban con los zapatos llenos de agua. Una niña sostenía un cirio apagado como si siguiera ardiendo.

Ariadna se levantó y fue hasta el ventanal. Dioni se quedó donde estaba. Ella habló de espaldas.

—Yo no estoy rota.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
—He pensado que te han hecho daño.
—A todo el mundo le hacen daño.
—No todo el mundo aprende a defenderse tan bien.

Ariadna giró el rostro hacia él.

—¿Y tú? ¿De qué te defiendes?

Dioni miró la procesión. La pregunta era justa, demasiado justa.

—De la posibilidad de haber esperado tanto que ya no sepa reconocer lo que buscaba.

Ariadna no dijo nada. Fue una de esas pausas en las que algo podría empezar, o terminar, o no llegar a ninguna parte.

La luz volvió de golpe.

Los fluorescentes parpadearon, los ordenadores reiniciaron, alguien aplaudió, un niño protestó porque prefería las velas, la bibliotecaria empezó a recogerlas, una a una, como quien deshace un hechizo antes de que cause problemas.

Ariadna regresó a la mesa y cerró el libro, aunque ya estaba cerrado.

—Supongo que ahora cada uno vuelve a su vida —dijo.
—Eso parece.
—Qué poca épica.

Dioni miró hacia la calle. La procesión seguía allí, empapada y solemne, avanzando bajo una lluvia que no pensaba conceder nada.

—No estés tan segura.

Ariadna tomó su bolso.

—¿Vas a acompañarme hasta la puerta?
—Sí.

Caminaron juntos entre las mesas. No se tocaron. No hacía falta y, quizás, tampoco convenía. Al pasar junto al mostrador, la bibliotecaria les deseó buenas noches con una voz que sonó demasiado normal para todo lo que había ocurrido.

En la entrada, la lluvia era una cortina espesa. Ariadna abrió su paraguas. Era negro, pequeño, insuficiente.

—No cabemos los dos —dijo.
—No.
—Podríamos intentarlo.
—Podríamos.

Ella esperó. Dioni también.

La procesión doblaba la esquina. Los tambores se alejaban poco a poco, pero dejaban en el aire una vibración obstinada. Ariadna tenía una gota de lluvia en la mejilla, aunque aún no había salido.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella.

Dioni la miró…

Esa era la frase.

La frase donde la historia pedía una respuesta hermosa. Una de esas respuestas que justifican todo lo anterior y hacen que el lector crea que la vida, a veces, sabe componer sus escenas.

Pude haberle hecho decir:

“Ahora abres tú.”

O incluso:

“Ahora espero al otro lado, si quieres salir.”

Pero no. Eso no ocurrió así.

No sé si Ariadna preguntó “¿y ahora qué?”. Tal vez lo pregunté yo muchos meses después, sentado ante una página en blanco, intentando dar forma a una mujer que apenas conocí y que, sin embargo, se quedó conmigo de un modo extraño.

La biblioteca sí existió. La lluvia también. La procesión siguió adelante contra todo sentido común, y aún recuerdo aquella niña con el cirio apagado. Recuerdo el olor de los libros, el golpe de los tambores, la luz volviendo de pronto con su torpeza eléctrica.

Recuerdo a Ariadna. Pero no estoy seguro de si se llamaba así.

Ese nombre se lo di yo porque ningún otro me parecía capaz de sostenerla sin cerrarla del todo. Su nombre verdadero… lo oí una vez, o dos… ¿Rocío, tal vez? No sé si la lluvia me lo devolvió o si lo inventó por mí. La certeza la perdí como se pierden algunas cosas importantes: no por descuido, sino porque llegan antes de que uno sepa que debe guardarlas.

Hablamos, sí, pero… no tanto como he escrito.

Ella dijo algo sobre los hombres tranquilos. Yo dije alguna cosa que probablemente fue menos hábil de lo que me gustaría recordar. Me contó, o quizás dejó entrever, que un hombre la había engañado durante años y luego la había cambiado por otra mujer con la naturalidad cruel de quien cambia de habitación. Yo le conté, o quizás solo pensé contárselo, que llevaba demasiado tiempo deseando un hogar que no existía.

No hubo una gran escena. No hubo beso. No hubo promesa.

Creo que compartimos el umbral de la biblioteca durante unos segundos. Creo que ella abrió un paraguas negro. Creo que yo estuve a punto de ofrecerle el mío, pero no lo hice porque hubiera sonado a principio, y ninguno de los dos parecía tener fuerzas para fingir principios.

O quizás sí se lo ofrecí. No lo recuerdo bien… No lo sé.

La memoria también escribe, y lo hace sin pedir permiso.

Lo que sí recuerdo es que, antes de marcharse, me miró como si hubiera visto en mí algo que no le servía para defenderse. No sé si eso le gustó o le molestó. Tal vez ambas cosas. Luego salió a la lluvia y se mezcló con la gente que volvía de la procesión.

Durante un instante quise seguirla. Pero no lo hice…

En aquel momento me pareció respeto, hoy no estoy tan seguro. A veces la delicadeza se parece demasiado al miedo cuando uno la mira desde lejos.

Pero quiero creer que hubo algo limpio, tal vez puro, en no perseguirla. Algo torpe, quizás, pero limpio. Ella ya había conocido hombres que entraban por cualquier grieta, y yo no quería ser otro. Tampoco quería ser su salvador, ni su juez, ni el hombre sensible que transforma la herida de una mujer en una oportunidad para sentirse necesario.

Quería verla. Solo eso. Y quizás no supe hacerlo.

Por eso escribo esta escena y la corrijo una y otra vez. Le pongo velas donde tal vez solo hubo linternas, le doy frases mejores o más elaboradas que las originales. Ordeno la lluvia, la procesión, el apagón, como si la vida hubiera tenido entonces una arquitectura precisa.

Pero al llegar a la puerta, siempre me detengo…

Ahí no puedo inventarla.

No puedo escribir que se giró para mirarme. No puedo escribir que sonrió. No puedo escribir que me esperó. No puedo escribir que abrió algo dentro de sí y que yo, noble y exacto, supe quedarme a la distancia justa.

Sería bonito. Pero no contaría verdad.

Ojalá hubiera podido conocerte más, Ariadna.

Ojalá supiera quién eras cuando no estabas defendiéndote, qué música ponías al llegar a casa, a quién llamabas cuando no querías admitir que necesitabas hablar, si sonreiste pensando en mí al cruzar la esquina o si olvidaste mi cara antes de cerrar el paraguas.

Solo tengo una biblioteca sin apenas luz, una procesión bajo la lluvia y la sospecha de que, durante unos minutos, dos desconocidos dejaron de actuar del todo.

Y tal vez la única forma decente de quererte en esta historia sea dejar de imaginarte…

Historia original de Javier Martín.

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