Hernán llevaba más de cuarenta años sin visitar Salamanca. Fue a ver a Luis y Carmen, un matrimonio amigo suyo.
La mañana del 1 de noviembre, mientras desayunaban, Carmen comentó que quería acercarse al cementerio para llevar unas flores a sus padres.
—Podemos dejarte en el centro y recogerte después —le propuso Luis—. Así aprovechas y das una vuelta.
—No hace falta. Os acompaño, si no os importa.
—¿Al cementerio? —preguntó Carmen.
—Sí.
Poco después llegaron al cementerio, bastante concurrido a esa hora. Familias enteras caminaban entre las sepulturas con flores, mientras otras personas limpiaban las lápidas o permanecían en silencio frente a ellas.
Luis y Carmen fueron a la tumba de sus familiares. Hernán prefirió pasear por su cuenta.

A sus setenta y seis años, había visitado suficientes cementerios como para no sentirse especialmente incómodo en ellos. Siempre pensaba en las historias que había detrás de aquellos nombres y fechas.
Caminaba tranquilamente por una avenida flanqueada por cipreses cuando vio a una mujer junto a una sepultura. Aparentaba unos treinta años y llevaba un llamativo abrigo gris claro.
Cuando ella se incorporó y volvió la cabeza, sintió que el corazón le daba un vuelco.
Se quedó inmóvil. Aquellos ojos. Aquel rostro. La manera de apartarse el cabello de la frente.
Era imposible.
Era Iris.

Durante unos instantes, sus recuerdos y sus sentidos fueron incapaces de ponerse de acuerdo.
La mujer que tenía delante era prácticamente idéntica a la muchacha de la que se había enamorado unos cincuenta años atrás.
Ella advirtió que la estaba mirando y le dedicó una sonrisa amable.
—Buenos días.
Hernán tardó en reaccionar.
—Buenos días. Disculpe que me haya quedado mirándola, pero… se parece usted extraordinariamente a alguien que conocí hace mucho tiempo.
—¿De verdad?
—Sí… Es asombroso.
La mujer sonrió, y aquella sonrisa terminó de desconcertarlo.
Era la misma que recordaba.
—¿Quizá conoció a la persona que está aquí? —preguntó ella, señalando la sepultura.
Hernán bajó la mirada. Y sobre la piedra leyó el nombre completo de Iris y su fecha de fallecimiento.
Sintió que algo se le encogía por dentro. Volvió a leer el nombre, como si esperara descubrir que se había equivocado.
Pero no. Era ella.
—Dios mío… —murmuró, abatido.
La mujer lo observó con preocupación.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, sí. Es solo que… no sabía que había muerto.
Permaneció unos instantes en silencio.
—La conocí cuando éramos jóvenes. Fuimos novios durante algunos años.
La mujer pareció interesarse de inmediato.
—¿Aquí, en Salamanca?
—Sí. Yo venía desde Madrid casi todos los fines de semana.
—Entonces debió de ser una relación importante.
Hernán sonrió con tristeza.
—Mucho. Iris fue una persona muy especial para mí.
Volvió a observar a la desconocida.
—Y tú debes de ser hija suya. El parecido es extraordinario.
—¿Tanto nos parecemos?
—No te imaginas cuánto. Por un momento he tenido la impresión de estar viéndola otra vez.
La mujer sonrió.
—Ella habló alguna vez de un novio que venía a verla en tren desde Madrid. Recuerdo que contó una anécdota muy divertida sobre un día en que perdió el último tren de regreso.
Hernán soltó una carcajada.
—¡Eso fue culpa de Iris!
—¿De ella?
—Completamente. Me aseguró que teníamos tiempo de sobra para llegar a la estación. Cuando llegamos, el tren llevaba diez minutos fuera.
—¿Y qué hizo?
—Buscar dónde pasar la noche. Afortunadamente, tenía unos familiares que vivían cerca.
—Pues debió de llevarse un buen disgusto.
—En aquel momento sí. Aunque, cuando lo recuerdo, todavía me hace gracia.
Ambos sonrieron.
La sorpresa inicial había dado paso a una conversación que, de manera inesperada, comenzaba a resultarle agradable.
—¿Y qué fue de vosotros? —preguntó la mujer.
Hernán se quedó pensativo.
—Bueno, la vida nos llevó por caminos diferentes. Yo empecé a trabajar en Madrid y ella consiguió su primer destino como maestra. Durante un tiempo intentamos seguir viéndonos, pero cada vez resultaba más complicado.
—¿Y dejaron de quererse?
La pregunta lo sorprendió.
—No… Creo que todavía nos queríamos cuando decidimos separarnos. Pero los dos teníamos proyectos que nos ilusionaban y ninguno quería que el otro renunciara a ellos.
Hizo una pequeña pausa.
—Fue triste, naturalmente. Aunque con los años comprendí que seguramente habíamos tomado la decisión más razonable en ese momento de nuestras vidas.
La mujer asintió.
—¿Y después? ¿Qué fue de tu vida?
—Después conocí a mi mujer. Llevamos cuarenta y cuatro años juntos. Tenemos dos hijos y tres nietos.
—¡Vaya! Una familia numerosa.
—Y bastante ruidosa cuando nos juntamos todos —respondió, divertido—. Aunque no la cambiaría por nada.
Ella sonrió.
—Entonces has sido feliz.
Hernán la miró.
—Sí… He tenido mis dificultades, como todo el mundo, pero he sido feliz.
La mujer bajó ligeramente la mirada.
—Me alegro mucho.
Hubo algo en su manera de pronunciar aquellas palabras que lo conmovió.
Quizá fuera el parecido. O tal vez aquella sensación extraña de estar conversando con alguien a quien acababa de conocer y que, sin embargo, le resultaba extraordinariamente familiar.
—¿Y qué tal le fue a Iris? —preguntó—. ¿Siguió trabajando como maestra?
—Sí, hasta que se jubiló. Le gustaban mucho los niños, aunque algunos la volvían loca.
Hernán sonrió.
—Siempre decía que quería enseñarles a pensar por sí mismos.
—Y lo intentaba. A veces incluso con demasiado entusiasmo.
Ambos rieron.
—¿Tuvo una buena vida? —preguntó él.
La mujer reflexionó unos instantes.
—Puedo decir que sí. Tuvo momentos difíciles, como cualquiera, pero también muchas alegrías. Formó una familia, hizo buenos amigos, viajó bastante… Y nunca perdió las ganas de aprender cosas nuevas.
—Me alegro de saberlo.
Hernán contempló la fotografía de la lápida. Iris aparecía ya mayor, con el cabello entrecano y una sonrisa tranquila.
Le resultaba extraño verla así.
En sus recuerdos seguía siendo aquella muchacha de veintitantos años que lo esperaba en la estación, que discutía con él sobre libros y que sonreía cuando bailaban.
—¿Sabes una cosa? Durante todos estos años nunca me había parado a pensar en cómo habría envejecido. Por supuesto, sabía que el tiempo había pasado también para ella, pero siempre la recordaba igual.
La mujer lo observó con atención.
—¿Pensabas en ella a menudo?
—Sí, la he recordado muchas veces durante estos años. A veces escuchaba una canción que me la recordaba, o veía alguna imagen de Salamanca… Y me preguntaba qué habría sido de su vida.
—A ella también le ocurría.
Hernán la miró, sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí. Se acordaba muchas veces de ti. A veces recordaba alguna anécdota de aquellos años y otras simplemente se preguntaba cómo te habría ido la vida.
Hernán pareció emocionarse.
—Me sorprende un poco, la verdad. Pensaba que, después de tanto tiempo, apenas se acordaría de mí.
—Pues te equivocas. Le habría gustado saber dónde vivías, si te habías casado, si habías tenido hijos… Sobre todo, si eras feliz.
—Qué curioso… Yo también tuve ganas de saber de ella muchas veces.
—¿Y por qué nunca intentaste encontrarla?
Hernán reflexionó unos instantes.
—No sabría decirte. Supongo que, cuando llevas muchos años sin saber de alguien, te acostumbras a pensar que cada uno tiene su vida. Y tampoco sabes si a esa persona le gustaría que volvieras a aparecer.
—Sí, lo entiendo. A ella le ocurría lo mismo.
—Pues fíjate… —Hernán sonrió—. Los dos queríamos saber del otro y ninguno se atrevió a preguntar.
La mujer le devolvió la sonrisa.
—A veces hacemos las cosas demasiado complicadas.
—Ya lo creo.
Permanecieron unos momentos en silencio.
—¿Sabes? —añadió la mujer—. Ella siempre recordó aquella relación con mucho cariño. Decía que había sido una época muy bonita de su vida.
Hernán sonrió.
—Para mí también lo fue. Y me alegra saber que ella lo recordaba así.
La mujer lo escuchaba cada vez más emocionada.
—¿Nunca lamentaste que terminarais separándoos?
Hernán tardó unos segundos en responder.
—Alguna vez, cuando era joven, me pregunté cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos seguido juntos. Pero con los años dejé de hacerlo. Quiero muchísimo a mi mujer y estoy encantado con la familia que hemos formado.
La miró con una sonrisa.
—Eso no significa que haya dejado de guardar cariño a Iris. Supongo que una cosa no tiene por qué quitar la otra.
—No —respondió ella suavemente—. No tiene por qué.
A lo lejos comenzaron a sonar las campanas de una iglesia.
Hernán miró su reloj.
—¡Vaya! Me parece que mis amigos van a estar buscándome.
—¿Has venido acompañado?
—Sí. Un matrimonio amigo mío.
—Entonces no te entretengo más.
—No, por favor. Ha sido un verdadero placer hablar contigo. Nunca lo hubiera imaginado.
—Para mí también.
Hernán le tendió la mano, pero la mujer se acercó y le dio un abrazo. Fue un gesto inesperado, aunque extraordinariamente natural y agradable.
Por un instante, Hernán sintió una emoción tan intensa que tuvo que cerrar los ojos.
Cuando se separaron, ella lo miró con una sonrisa.
—Cuídate mucho, Hernán.
—Y tú también.
La vio alejarse lentamente por uno de los caminos del cementerio. Todavía le costaba creer aquel parecido.
Cuando desapareció detrás de unos cipreses, volvió la mirada hacia la sepultura.
Y entonces… algo lo inquietó mucho: no recordaba haberle dicho su nombre.
Intentó reconstruir mentalmente la conversación. Habían hablado de Iris, de los años transcurridos, de sus respectivas vidas…
Pero ¿le había dicho cómo se llamaba? Estaba casi seguro de que no.
Quizá lo había mencionado sin darse cuenta. Después de todo, aquella mañana estaba resultando bastante desconcertante.
Volvió a mirar la fotografía de la lápida.
—Me alegro de que fueras feliz, Iris —murmuró.
Después se dispuso a marcharse. No había dado más de unos pasos cuando escuchó una voz a su espalda.
—Perdone, ¿busca a alguien?
Se volvió. Una mujer de unos cuarenta años acababa de llegar con un pequeño ramo de flores.
—No, gracias —respondió—. Estaba visitando a una antigua amiga.
La mujer miró hacia la sepultura.
—¿Conocía a mi madre?
Hernán sonrió.
—Sí. De hecho, acabo de estar hablando con una hija suya. El parecido que tiene con ella es extraordinario.
La mujer frunció ligeramente el ceño.
—¿Con una hija suya?
—Sí. Una mujer joven, con un abrigo gris. Acaba de marcharse por ese camino.
La desconocida miró en la dirección que Hernán señalaba. Después volvió a mirarlo.
—Perdone, pero debe de haber alguna confusión.
—¿Por qué?
—Porque mi madre solo tuvo una hija.
Hernán permaneció inmóvil.
—¿Solo una?
—Sí. Yo.
Durante unos segundos no supo qué responder.
—Pero… estaba aquí, junto a esta sepultura. Me ha hablado de Iris, de su juventud, de su trabajo…
La mujer parecía tan desconcertada como él.
—No sé quién puede haber sido. ¿Dice que se parecía mucho a mi madre?
—Muchísimo. Tanto que, cuando la vi, pensé que era ella.
La mujer permaneció pensativa.
—¿Cómo se llama usted?
—Hernán.
Ella abrió ligeramente los ojos.
—¿Hernán? ¿El que venía desde Madrid?
Él sintió un escalofrío.
—Sí.
—Mi madre me habló alguna vez de usted.
Hernán la contempló sin decir nada. La mujer pareció recordar algo.
—Espere. Creo que tengo una fotografía suya de unos años después de que ustedes se conocieran.
Sacó el móvil y buscó durante unos instantes.
—Hace unos meses digitalizamos algunas fotos antiguas de cuando mi madre era joven. Creo que está por aquí…
Deslizó el dedo por la pantalla. Finalmente encontró lo que buscaba.
—Mire. Aquí tendría unos treinta años.
Hernán miró con atención la fotografía. Se quedó sin aliento.
Era ella.

La misma mujer con la que acababa de hablar. El mismo rostro, los mismos ojos, aquella sonrisa que había reconocido casi medio siglo después.
Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿De cuándo es esta fotografía? —preguntó, con la voz apenas audible.
—De principios de los ochenta, creo. ¿Por qué?
Hernán no respondió.
Volvió a mirar la imagen. Intentó encontrar alguna diferencia, algún detalle que le permitiera pensar que todo era una coincidencia extraordinaria.
Pero no lo encontró.
—¿Está usted bien? —preguntó la mujer, preocupada.
Él levantó la mirada.
—Es… la misma mujer con la que acabo de hablar.
La hija de Iris lo miró desconcertada.
—Pues no sé qué decirle. Mi madre no tenía ninguna hermana y yo soy su única hija.
Hernán sintió que las piernas empezaban a flaquearle.
—¿Le importa si me siento un momento?
—Por supuesto. ¿Se encuentra bien?
—Sí, gracias. Solo necesito descansar un poco.
Le agradeció que le hubiera mostrado la fotografía y se despidió de ella.
Después caminó hasta un banco cercano. Se sentó lentamente. Durante unos minutos permaneció inmóvil, contemplando el camino por el que aquella mujer había desaparecido.
Intentó reconstruir todo lo ocurrido.
La había visto junto a la sepultura. Habían conversado con naturalidad. Ella le había preguntado por su vida, por su familia, por lo que había sucedido después de su separación.
Recordó sus sonrisas. Su manera de escucharlo. El abrazo.
Y entonces volvió a escuchar aquellas palabras:
«Cuídate mucho, Hernán».
Se incorporó ligeramente. Ahora estaba seguro. Él nunca le había dicho su nombre. ¿Cómo podía saberlo?
Se pasó una mano por la cara. Tenía que existir alguna explicación.
Quizá aquella mujer fuera una familiar desconocida, alguien que había oído hablar de él y que, por algún motivo, había decidido hacerse pasar por la hija de Iris.
Pero ¿por qué? Y, sobre todo, ¿cómo explicar aquel parecido?
Había contemplado la fotografía apenas unos minutos antes. No cabía duda de que era la misma mujer con la que acababa de hablar.
Entonces recordó otro detalle. En ningún momento ella había afirmado ser hija de Iris. Había sido él quien lo había supuesto, y la mujer se había limitado a responder a sus preguntas.
Sintió otro escalofrío.
De pronto, la posibilidad de que hubiera sucedido algo que desafiaba cuanto creía saber acerca de la vida y la muerte le produjo un miedo difícil de describir.
Se quedó mirando sus manos. Le temblaban.
A su alrededor, el cementerio seguía lleno de visitantes. Dos mujeres pasaron conversando junto al banco. Más allá, un niño ayudaba a su padre a colocar unas flores.
Todo continuaba con absoluta normalidad. Y, sin embargo, él acababa de vivir algo que quizá jamás conseguiría comprender.
Cerró los ojos.
Recordó de nuevo la conversación. Las preguntas sobre su matrimonio, sus hijos, sus nietos.
La curiosidad con la que aquella mujer había escuchado todo cuanto le contaba.
Y, especialmente, la emoción de su sonrisa cuando él le había contado que había sido feliz.
«Me alegro mucho».
Ahora aquellas palabras tenían un significado completamente distinto.
Si realmente había sido Iris, ella había podido averiguar algo que llevaba décadas deseando saber.
Y él había podido contarle cuánto quería a su mujer, cuánto disfrutaba de sus hijos y sus nietos, y lo satisfecho que estaba con la vida que había construido.
Lo más sorprendente era recordar la alegría con que ella había recibido aquellas noticias.
No había percibido en su mirada ninguna tristeza por la vida que no compartieron, sino una felicidad sincera por la que él había vivido.
Y Hernán había sentido lo mismo al saber que Iris también había tenido una buena vida.
Pensó entonces en todos aquellos años durante los que se habían recordado sin intentar ponerse en contacto.
Ninguno había querido entrometerse en la vida del otro. Ambos habían supuesto que, después de tanto tiempo, quizá ya no tendría sentido volver a hablar.
Y ahora descubría que los dos habían deseado saber exactamente lo mismo.
Recordó algo que ella le había dicho durante la conversación:
«A veces hacemos las cosas demasiado complicadas».
Hernán bajó la cabeza.
Cuántas veces había pensado en escribirle o preguntarle a alguien por ella. Siempre encontraba alguna razón para no hacerlo. Y ahora sabía que Iris había tenido dudas muy parecidas.
Le entristeció pensar en todas aquellas conversaciones que nunca llegaron a tener. Pero también le emocionaba saber que aquel cariño había seguido existiendo, discretamente, mientras ambos continuaban con sus vidas.
No habían necesitado permanecer juntos para desearse lo mejor.
Ni siquiera habían necesitado saber el uno del otro para seguir recordándose con afecto. Aunque quizá nunca debieron dar por hecho que el silencio significaba desinterés.
Hernán sintió que las lágrimas comenzaban a resbalarle por las mejillas. No intentó contenerlas.
Seguía profundamente desconcertado. No sabía qué había sucedido realmente ni si algún día encontraría una explicación.
Pero había algo que ya no podía olvidar.
Durante casi cincuenta años, los dos habían querido saber si el otro había sido feliz. Y aquella mañana, de una manera tan extraordinaria como inexplicable, habían podido contárselo.
Hernán permaneció sentado largo rato, con la mirada perdida entre los cipreses.
Todavía le temblaban las manos.
Y aún podía sentir aquel abrazo.

























































